miércoles, 18 de julio de 2012

Sobre Poemas perseverantes


La estatura poética de Enriqueta Arvelo Larriva ya ha sido ampliamente reconocida en el ámbito de las letras nacionales y aceptada por el canon como la primera mujer que asumió la posesión de una voz propia, con lo que abonó el camino de la poesía venezolana hacia la modernidad. Son varios los estudios que se han hecho sobre su obra, nunca suficientes, por supuesto, dada la singularidad de su poética, lo que no permitirá  agotar la lectura de sus entrañables y profundos poemas.

Cada quien sostiene a un poeta, dijo Hanni Ossot, y, luego de leer esa frase, me he dado cuenta de que la poesía de Enriqueta siempre me ha acompañado. Hoy día pareciera difícil poder decir algo más sobre la Arvelo que no hayan dicho ya Carmen Mannarino, su estudiosa por excelencia,  Luis Alejandro Angulo Arvelo, en la semblanza que hizo sobre su tía para el libro Barineses ilustres, o también Orlando Araujo, Ida Gramcko, Vicente Gerbasi,  Luis Beltrán Prieto Figueroa, Elisa Lerner, Margara Rusotto y tantos otros críticos y poetas que le han dedicado atención a su figura y obra. Sin embargo, la más reciente publicación sobre ella, el ensayo de Alicia Jiménez de Sánchez titulado Como el hilo sin perlas. Viaje al universo poético de Enriqueta Arvelo Larriva, ha demostrado que todavía quedan cosas por decir y saber sobre nuestra poeta.

Gracias a la acuciosa pesquisa de Jiménez nos enteramos de su afición al beisbol, era magallanera, así como de la poca importancia que su familia le dio como poeta, no así como prosista, excepción honrosa de su primo, el también poeta Alberto Arvelo Torrealba. Es posible que a ese desdén de la familia se deba, en alguna medida,  el que se haya conservado muy poco de su epistolario, tan ponderado por Mariano Picón Salas y Udón Pérez, entre otros. Es ésta otra más de las lagunas que encontramos al tratar de hacer un seguimiento de la obra de tantas autoras, vacíos que conforman ese “vasto territorio aún sin cartografía: la historia de la mujer venezolana” (Pantin y Torres, 2003, 39).

Lo primero que quiero evocar es su figura. Sus contemporáneos la describieron como una mujer alta, sobria, taciturna, sencilla, estoica como una mujer lorquiana, tímida y débil, aparentemente, pero fuerte a la hora de defender sus convicciones. Lamentablemente sus evocadores olvidaron que también era una mujer alegre por naturaleza, buena conversadora, preocupada y activa en favor del bien de su comunidad, no ajena a la pasión y la lucha política,  discretamente por supuesto, como bien puntualiza Alicia Jiménez en el ensayo mencionado.  Nacida en Barinitas en 1886,  fue allí donde vivió gran parte de su vida, ya que sólo pudo establecerse definitivamente en Caracas en 1945. Esto ocasionó que se sintiera aislada e incomprendida, confinada como estaba en un pequeño pueblo de provincia. Es por ello por lo que no se sintió parte de ninguna de las generaciones poéticas de su momento, pues era demasiado joven como poeta para formar parte de la generación del 18, y demasiado vieja para engrosar las filas de los poetas del 28, aunque tuviese con unos y otros  ciertas coincidencias, lo que demuestra que Enriqueta no era ajena al acontecer literario de su hora, pero que también era reacia a militar en las filas de una tradición a la que no pertenecía cabalmente.  Esto no es de extrañar  si tenemos en cuenta la advertencia de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres (2003, 37) quienes reconocen que en Venezuela, salvo contadas excepciones, las mujeres han escrito al margen de agrupaciones literarias y de vanguardias establecidas por la crítica, dado que las mujeres tienen su propia historia, junto a la historia general. “Corresponde a las damas inventar sus precursoras”, escribirán las autoras antes mencionadas, citando a su vez a María Moreno

No hay duda de que Enriqueta contribuyó con la elaboración de su propio mito, el de mujer estoica, virtuosa, exigente consigo misma y con su poesía, lo que la llevó a destruir muchos de sus escritos, gesto que sorprendía a Ida Gramcko. Además de revelarse a través de sus versos, no se exime de ofrecer datos sobre sí misma en sus artículos periodísticos. Sabemos que colaboró asiduamente con diversas publicaciones periódicas, el diario El Nacional, entre estas. Inicialmente escribió, bajo el seudónimo de Santica Luzardo,  artículos en los que comentaba sobre variados temas de su actualidad y sobre la obra de otros escritores y poetas. Más adelante, prefirió firmar estos artículos con su propio nombre.  En ellos nos da pistas sobre su vida y claves de su poética, ya que solía entretejer datos autobiográficos con opiniones y valoraciones sobre libros o determinados aconteceres de su momento. Por esta vía nos enteramos de su temperamento inquieto, impaciente y vital; de su aversión a las corridas de toros, por considerarlas bárbaras; de su afición a los “decires llaneros”, parte de una formación anímica que se refleja en su poesía; de su clamor, hoy tan vigente, por la unidad del país, abrumado por la conflictividad política, o que llegó a guardar luciérnagas en un frasco para iluminar mágicamente su habitación.                     

En esta oportunidad quiero detenerme un tanto en sus Poemas perseverantes, los cuales fueron publicados en 1963. Se trata de un libro póstumo integrado por una selección de la producción correspondiente a varias etapas creativas de nuestra poeta. Es un acierto que el mismo comience con  “Marcas en el espacio”, brevísimo poema de versos heptasílabos que repite una de las constantes de la poesía de Enriqueta, como es el continuo interrogarse ante la naturaleza, la que tantas veces la deja sin respuesta. En este caso la gran pregunta que toda poeta se hace queda abierta: ¿cuál será la trascendencia de mi poesía? “¿Será gama durable/o relámpago?”. Seguidamente llama la atención que en algunos de los poemas del inicio omita los verbos en toda una estrofa, como sucede en “Adolescencia”,  o los use sólo en infinitivo, como  en “Primavera”, con lo que el yo poético desaparece dando la impresión de impersonalidad y distancia, como si se quisiera hablar de la adolescencia como experiencia universal,  y no sólo de la propia experiencia individual; o de la primavera como disfrute, gracias a un desdoblamiento que permite observar y vivir al mismo tiempo la constatación del renacer de lo natural: “Buscar arrimo en troncos de los árboles/para estudiar a gusto del revés del ramaje”.

Esas imágenes que  los poemas evocan desde sus títulos, “Infancia”, “Adolescencia”, “Primavera”, nos remiten a una poética de la búsqueda de una identidad propia como creadora, donde se ilumine en lo posible todo aquello que “está encubierto y envejeciendo en germen”. No otra cosa nos dice el verso “Rehuir rutas cansadas desde el salir”. Lo que nos revela que Enriqueta se mantuvo fiel hasta el final  a su anhelo de encontrar su propia música, así como al intento de rever su entorno, tratando de encontrar esa cifra que esconde el “revés del ramaje”. Se trata de una poética que se afinca en lo cotidiano, en lo menudo, en lo que aparentemente no reviste trascendencia alguna, pero que, gracias a lo que Fernando Paz Castillo llama felizmente “la imaginación del sentimiento”, se traduce en profundas revelaciones.

Quizá uno de los poemas más bellos y citados de este libro sea “Casa de mi infancia”.  En él le canta a la antigua y grande casa familiar poblada de ventanas, ese umbral tan ponderado en la escritura de las mujeres y por ello tan femenino, límite del adentro y el afuera, donde la poeta se asoma a gozar su existencia y “a entreabrir los labios contra el viento”. Este verso se refiere sin duda a su hacer poético y a su sembrar “en el montón sordo”, del que tanto se quejó en sus inicios como creadora, toda vez que su “voz aislada”, no encontraba interlocutores en su entorno, puesto que sobre su labor cayeron “toneladas de indiferencia”, como ella misma llegó a afirmar. La casa será entonces el recinto donde la imaginación se hecha a volar, donde una niña solitaria le habla a un tú, personificación de una casa que propicia el  sueño creando “imágenes a tus solos espejos” y asustando “a los duendes detrás de tus cortinas”.

En este poema aparece contrastada la figura materna con la del padre. En esa casa, redil  potenciador de la imaginación creadora, la madre será una imagen que se disuelve en la idealización frente a lo poderosa presencia del padre. Recordemos que Enriqueta perdió a su madre cuando apenas contaba con siete años, de modo que quizá la falta de la imago materna desde tan temprano haya influido en su poesía, por lo que es frecuente encontrar  imágenes y símbolos que aluden a la firmeza, eficacia o logro, asociados siempre a lo viril.

Y si se trata de saber cómo era Enriqueta, cómo se veía a sí misma, basta leer el poema autobiográfico “Oh Creador”. En una plegaria a Dios en versos heptasílabos, prueba de que gustaba de la métrica mas no de la rima, se describe a sí misma en expiatoria plegaria que  pide castigo por la perseverancia en unas contradicciones que la privan de experiencias vitales, sin que su voluntad pueda hacer nada para remediarlo. Como ya hemos apuntado en otra ocasión (Pacheco, 2006: 65), el hecho de que Enriqueta  no pudiera profundizar en sus raíces maternas, con lo que hubiese podido paliar la sensación de ser incompleto que trae consigo la separación de la madre, encuentra su válvula de escape en las frecuentes imágenes en las que el yo poético se siembra metafóricamente en la tierra, enraizándose en ella. En este poema se convierte en una planta, raro vegetal que anhela  “bravo viento”, pero se refugia en “aire manso”; que quiso volar, pero se quedó “en su sitio”; vegetal al que lo “troza” el silencio, pero cuando oye voces “se esconde en sus raíces”; al que lo asustó el amor  y, aunque “Ama a las gentes”, se aparta de su lado. Sin embargo, su orgullo es indoblegable,   pide castigo, pero no se arrepiente, pareciera que se trata de una herencia, de la cepa familiar, pródiga en firmeza y en vocación poética. Enriqueta  se asume como desheredada de vivencias, de amores, de belleza física, pero  se sabe poseedora de una riqueza intangible, muy propia, bien lo dicen dos versos muy elocuentes: “Y llevaría lo que exaltó mi mundo/No sé bien qué es, pero lo llevaría”.

En esa vía del disfrute de lo intangible,  del idealismo como postura estética, se inscriben los poemas de amor de Enriqueta Arvelo. En un bello poema, “Huella vaga”, se dirige a un tú que regresa presagiando perturbación al yo poético que se refugiaba en la serenidad de sus versos, sus “rosas más nuevas”. Gracias al poder del pensamiento, de la imaginación, estaba resguardada de “la rodeante ardilla de tu inquietud”, “del tamarindo de tu decir”. Nótese cómo toman rango poético  unas imágenes tan propias, tomadas de lo natural y cotidiano, con las que carga su léxico de originalidad. De modo que no es al regreso del ser amado al que le canta, a su presencia real, sino al recuerdo que de pronto la asalta, al que prefiere por sobre todas las cosas. Ello se explica con uno de sus versos más memorables: “tantas cosas son nuestras sin tomarlas”.

Pero esa intangibilidad no es tan complaciente en “Insomnio”, donde los recuerdos se  vuelven tormento que desvela. La tan pretendida serenidad a la que tanto le ha cantado Enriqueta en poemarios anteriores, aquí se disuelve suplantada por imágenes que expresan una violencia poco frecuente en esta poesía que siempre habla de contención y control de las emociones. Así nos encontramos con una noche estremecida, con el hacha que deja astillas en la almohada, con una lluvia de espinas y martillos sobre las sienes, imágenes que dan fe de lo que la propia poeta refiere cuando describe  su vida como  “ambientalmente de paz y anímicamente de inquietud”.

El tema de la solidaridad con los desposeídos es frecuente, tanto en los artículos periodísticos como en algunos poemas del libro que comento. Deseosa, siempre del “ancho bien”, nuestra poeta no puede glosar en un artículo la plena felicidad que una casa nueva le provoca “pensando en los ranchos miserables”. Asimismo, dice en un poema  “Cuánto te he amado agua” para, seguidamente, ante los estragos que los aguaceros provocan en las viviendas de los pobres, increparla con estas palabras: “Y hoy, inundadora, te niego mi sonreír”. Es así como su compasiva solidaridad desplaza su afecto, por ello dice: “y amo, oh flojos techos, las palmas raleadas y los parales temblantes”. Porque si bien la poesía es para Enriqueta un medio para rencontrarse con mayor lucidez con la realidad, para intuir o entrever como bien dice en “A veces”, también, y sobre todo, es un compromiso con lo humano. Esa preocupación por los desheredados será otra de las constantes temáticas de su poesía.

Y si nos atrevemos a sintetizar la interpretación de la obra poética de Enriqueta Arvelo Larriva, a  sumarla toda en un solo verso, este no podría ser otro que el que cierra el poema “Asistida angustia”: “El poema es la vida con su sabia de instantes”. El mismo revela la razón de ser de su poética, el gusto por la sencillez en el decir, por la elocuencia que las palabras precisas, sin excesos retóricos, le prestan a una obra reveladora de una vida marcada por una inspiración poética que potencia el entorno vital, dotándolo de trascendencia,  sea un árbol, las aguas del río, el desvelo nocturno, las secretas angustias, el pasar de las horas o el presentimiento de la muerte. 



REFERENCIAS

Arvelo Larriva, Enriqueta (1963). Poemas perseverantes. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.

Jimenez de Sánchez, Alicia (2011). Como el hilo sin perlas. Viaje al universo poético de Enriqueta Arvelo Larriva. Caracas:Fondo Editorial Fundarte.
Ossot, Hanni (2002). Cómo leer poesía. Caracas: Comala.com.

Pacheco, Bettina (2006). Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962). (2006). San Cristóbal: Universidad de Los Andes.

Pantin, Yolanda y Ana Torres (2003). Al hilo de la voz. Caracas: Fundación Polar.

ANTOLOGÍA: POEMAS COMENTADOS


MARCAS EN EL ESPACIO

Un rebaño de manchas

o brachadas sin vínculo.



La mañana les fija.

Su derivo es la noche.



¿Servirá su color

para marcar mi polvo?



¿Será gama durable

o relámpago?



ADOLESCENCIA



Encanto fragoroso.

Bloqueo sin refugios.

Bejucos resinosos enredados,

con los polos perdidos.

Honda rodadura de sangre

Como de piedras por la cuesta.



Apego a las sortijas y pulseras adultas

y desdén por la cinta maltratada

de domingos pueriles.

Ensayar con calor las espuelas del hombre

y montar su caballo con el temor sujeto.



Andar, a sabiendas, sin concluir;

Pero gozar el roce de la hebra del remate.



PRIMAVERA



Abrirse una extensión llena de luz oscura.

Vestir de bienvenidas.

Dar un aroma nuevo y ya endiosado.

Vivir el sol la piel,

pero anhelando la tierna hoja del tártago.



Sembrar en aire y río

las filas oscilantes en un puño de tierra.

Buscar arrimo en troncos de los árboles

para estudiar a gusto el revés del ramaje.



Rehuir rutas cansadas desde el salir.

Abrir angosta vía en médula de bosque,

asignada a los pasos sensibles, sedientos,

pedidores de albricias.

Y ya al tocar el viaje, ¡lástima!,

borrarse la vereda estrenada por bestias inocentes.



CASA DE MI INFANCIA

Casa ancha, alta, pura,

antigua propiedad de vellones y piedra,

quiero que te amen mis amigos.

Yo andaba por ti como por una ciudad bella y extraña

y conocía todos tus llanos y tus quiebras,

toda tu luz, todo tu aire, todas tus penumbras.

Conocía los detalles de tu cielo y tus muros,

me asomaba a todas tus ventanas, un instante,

a ver nada, a gozar la existencia de ventanas

y a entreabrir los labios contra el viento.



En tu patio, espacio doméstico y pradera,

guiaba mi vida por los tonos de las malvarrosas;

con tierna saña pisaba las mimosas para dormirlas

y apretaba la cápsula de los caracuchos

para admirar su humano fruncimiento;

mojaba el pie cálido en el arandel de la astromelia

donde recortaban su exilada sed los güiriríes

y veía con unción la cola cerrada de los pavorreales.



Me placía en tu cuadra

el temblor reluciente de la piel de los caballos

y me entusiasmaba en tu hogar

el fuego sonante, desnudo, sin alas,

retorcido por soplos heredados.



Me exaltaba el florar y el morirse de tus lámparas,

les soñaba imágenes a tus solos espejos

y asustaba a los duendes detrás de tus cortinas.



Oh tus corredores, derramados como ríos.

Pistas de mis desboques turbulentos.

Por ellos iba a gusto

tras el cabello recién bañado de mi madre.

Amaba a mi madre,

mas a veces ella era para mí

sólo una palidez nimbada.



Mi padre, no.

Mi padre fue siempre el hombre, verdadero,

Fuerte, erguido, sin aureola.



OH CREADOR



Oh, Creador. No nací

planta dulce ni espino.

No broté hierba huera.

¿Qué vegetal creaste?



La planta sin jactancia

anheló el bravo viento,

y busca el aire manso.

¿Se cuida del descuaje

o da quite aturdido?

Su aroma pidió alas.

Con ellas, y en su turno,

estúvose en su sitio.

No hay aplomo sin ellas.



El silencio la troza

como insecto afilado

Y si llega voz llena

se esconde en sus raíces.



La animó un paso cálido.

y al volverse, qué susto

le dio labrador listo.

Su agro lo exonera.



Ama a todas las gentes.

Mas, oh Creador, a veces,

cuando las gentes pasan

se hace planta dormida.



A ocasiones se arrisca,

se arroja a la pelea.

Qué corta su aspereza.

Qué nulos sus zarcillos.



Esquivó su sequía

la dádiva del riego.

Y, sin arrepentirse,

hoy te pide: castígame.



Oh, Creador, tú lo sabes:

no es ella la indecisa.

De una cepa en firmeza

brotan sus variaciones.    



EL IRIS



Dejadme señalar una vez más el iris.

Dejadme llamar para que le vean.

Si siempre al verle

Lo he mostrado con voces,

¿cómo romper con ello?



El iris

Avenida de magia.

Arco-piloto en su vigencia.



Si todos subiesen felices

a estos colores,

con las alforjas plenas e ingrávidas,

yo iría serena por las lucientes franjas.



Y llevaría lo que exaltó mi mundo.

No sé bien qué es, pero lo llevaría.





HUELLA VAGA



¡Cómo! ¿Volviste?

Y yo que estaba entre mis rosas más nuevas

pensando sólo en la pobrecilla,

ojos de luz toldada, tez sin resplandor,

que pedía un pobre bien.

Quería darle un racimo de gozo.



Te creía lejano, empachado de olvido.

Y estaba serena

sin la rodeante ardilla de tu inquietud,

sin gustar el tamarindo de tu decir.



No bebo ahora, amigo, tu presencia;

Pero alabo tu viaje de volver.

¡Qué gracia! Pasar por tantos túneles.



Bien. Quédate ahí.

Quédate ahí, abstraído,

quédate a orillas de mi activo tiempo.

Como una huella vaga.



INSOMNIO



Cuando toda la casa está dormida,

vienes tú, mi arbusto de entresueño;

mas el hacha

va dejando astillas en la almohada.



Y en el reposo nulo,

salto de flautas y delgadas cuerdas

a salvajes tambores;

de persianas en frescura

me llegan miradas de imposibles espías;

y el aroma más puro me flagela.



La noche, estremecida,

llena de repiques pasados,

de mis guardados duendes

y de lejanas bestias, hermosas, resonantes,

cava en su negra tierra

y crea llamaradas en los hoyos profundos.



Mis ojos, abiertos o cerrados, son ojos incapaces.

Inquiero en los rumores

voces de ángeles o de réprobos.

Lluvia de espinas cae

desde antigua sonrisa.

Los que sufren, tan míos,

se abrazan en mi mente encendida.

Y afanados martillos practican en mis sienes.



La madrugada es lisa, sin vecindad de alba.

Y en su laja se abaten mis caballos.    



AGUA

Saboreado río,

de pozos frente a cielo de árboles,

donde se palpa síntesis de misterios profundos.

Caños quietos y solos,

populosos por los cruzados vuelos.

Quebradas cuyo rezo remedaba mi voz,

mientras bañaban mi carne y mi síquica mezcla.

Macizos aguaceros gustados en el patio.

Cristales de vertiente

que revelan el ritmo de la roca.

Cuánto te he amado, agua.



Y hoy, inundadora, te niego mi sonreír,

Porque amo a las gentes sin peso de riqueza

y amo su ilusión rica en los sembrados pobres

y amo, oh flojos techos,

las palmas raleadas y los parales temblantes. 


            A VECES


            Si siempre me viví

como tosca,

durísima madera,

¿por qué desear ahora,

a veces,

ser sólo un flojo tallo?



Ah, me someto a juicio.

A la hora del ruido

y del hervor,

suelo volverme,

con el fervor ileso,

aire suave,

humo claro,

aroma fuerte.



Anhelo andar entre todos

como un sueño

que no pueda contarse

por impreciso.



Quisiera dar,
            
             tan sólo,

             cantos mínimos, vagos.



Y todo,

apenas entreverlo.



ASISTIDA ANGUSTIA


Entróse en mí la angustia con su brasa y su frío.

Un  Job no resignado daba llanto en la puerta.

Destrozados de espuela llegaban los caballos vencidos.

Sangraban los turpiales sin garganta y sin vuelo.

Y de pie, suspirando por centellas y hachas,

mustios árboles desgastaban el huerto.



Se da el frente a esa angustia. La sopesan, la miden.

Se ciñen a su ritmo, penetran su textura.

¡Oh bondad entendido! ¡Oh comprensión sensible!

Dispuesta enredadera

que no esquiva espesarse en los claros del seto.



Y se mueve en sorpresa mi esencia.

Aún clarean postigos en paredes de noche.

Aún intactas perdices andan por el quemado.

Aún crean las abejas, en campo de retama,

su dulzura pudiente.

Aún germinan impulsos que lavan los jagüeyes,

sueltan las mariposas, desconciertan la niebla.



Gustaré tregua pura,

compañeros de camino y de nubes,

hombres de espacio andado y de alba.

Este es un canto, amigos, de una asistida angustia;

es un canto sencillo, de nacer presuroso,

que despega del ánimo y se tiende en la brisa.

No lo tiréis. Vividlo.



El poema es la vida con su sabia de instantes.      





 

jueves, 21 de junio de 2012

RESEÑA





COMO EL HILO SIN PERLAS
Viaje al universo poético de Enriqueta Arvelo Larriva (2012)
Alicia Jiménez de Sánchez
Caracas: Fondo Editorial Fundarte


La estatura poética de Enriqueta Arvelo Larriva ya ha sido ampliamente reconocida en el ámbito de las letras nacionales y aceptada por el canon como la primera mujer que asumió la posesión de una voz propia, con la que abonó el camino de la poesía venezolana hacia la modernidad. Son varios los estudios que se han hecho sobre su obra, nunca suficientes, por supuesto, dada la singularidad de su poética, lo que no permitirá nunca agotar la lectura de sus entrañables y profundos poemas.

De lo que sí adolecía el acercamiento a su figura era de los detalles de su vida personal, debido a su permanencia en el pequeño pueblo de Barinitas, hasta bien entrada la madurez, apartada de los círculos literarios de su hora. De manera que sus devotos siempre queríamos saber más sobre una personalidad, de pocas vivencias exteriores, pero siempre a la escucha y al acecho de los misterios del mundo. De ahí que no contemos con una iconografía que nos dé cuenta de su imagen ampliamente, como sí ocurrió con esa otra gran mujer de las letras del país: Teresa de la Parra. Tampoco su amplio epistolario, tan ponderado por Mariano Picón Salas o Udón Pérez,  sobrevivió al desinterés de quienes la rodearon, salvo algunas excepciones.

Todo lo dicho contribuye a subrayar la importancia del libro de Alicia Jiménez de Sánchez, mención especial del II Premio Nacional de Literatura Stefanía Mosca, Mención Ensayo, 2012. La autora,  nacida en Uracoa, es barinesa por adopción. Aunque su profesión es la de Ingeniera Civil, es una apasionada de la literatura y una creadora, a su vez, dentro de los géneros del cuento y la poseía; además de engrosar las filas de los devotos  “enriquetólogos” que ya vamos siendo legión.

Luego de la lectura, de “un solo tirón”, de este delicioso ensayo, caemos en cuenta de que todavía quedaban muchas cosas por decir y descubrir sobre Enriqueta Arvelo Larriva; y que sólo la labor detectivesca de Jiménez nos permite conocer hoy. Dividido en nueve apartes, el libro combina el detalle biográfico, el comentario de textos, las puntualizaciones geográficas o históricas,  junto al despliegue literario de la autora, quien no se cohíbe de expresar impresiones o acuñar imágenes propias. Se trata de esa escritura “a lo que salga”, según definía don Miguel de Unamuno al ensayo, refiriéndose  a la libertad expresiva que hace sentir al escritor a sus anchas dentro de este género.

Es así como la autora nos inicia presentándonos a la verde Barinitas, de patios enormes y frondosos jardines que aún hoy la caracterizan. Esa misma Barinitas antes conocida como la Mesa de Moromoy. Se trata de un necesario introito si tenemos en cuenta lo mucho que este paisaje significó para la poesía de Enriqueta. Seguidamente se nos habla de ese estigma que marcó a nuestra querida poeta: era fea y además solterona. Su único amor no le cumplió la palabra empeñada en posible matrimonio; abandono cruel pero que le permitió dedicarse  plenamente a su verdadera vocación: la Poesía.

Junto a estos datos se suceden las revelaciones, algunas muy curiosas y gratas ya que nos aproximan a esa presencia viva de Enriqueta, alimentando aún más el mito que bordea su figura. Es así como nos sorprende saber de su afición por el beisbol, era magallanera. Además, Jiménez nos la presenta como una mujer alegre y buena conversadora, con muchos amigos, varios de ellos epistolares. Esto contradice esa imagen de mujer tímida, calladita y temblorosa que nos han ofrecido algunos autores.

Otros datos corrigen errores como la afirmación de que ella se carteó con Gabriela Mistral, cuando no se ha encontrado la menor evidencia de ello o el desmentido de un suceso varias veces relatado: que su casa en Barinitas fue quemada por opositores políticos en 1946, cuando en verdad el incendió se debió a una chispa en la cocina. Aunque quizás lo más estremecedor de todas estas revelaciones obtenidas por Alicia Jiménez durante sus entrevistas y acuciosa pesquisa fue el entender que la familia no la valoró como poeta, sólo como prosista, como colaboradora de varias publicaciones periódicas de su tiempo. Para sus parientes el gran poeta era el hermano, Alfredo Arvelo Larriva, lo de ella eran “las cosas de Enriqueta”. Sólo su primo Alberto Arvelo Torrealba supo valorarla como poeta. Ironías de la vida, hoy la obra verdaderamente trascendente es la de la humilde Enriqueta

Sabemos también que tuvo inquietudes políticas, estaba al tanto de todo lo que ocurría en su país y en el  mundo. Su preocupación social estuvo siempre presente y llegó a interesarse incluso por la competencia electoral: “ya no les tengo lástima a los luchadores democráticos porque en la lucha se goza quizás más que en el triunfo” (p.65). Es esta una frase con la que demuestra su temple y disposición para la participación ciudadana, así como para dar un ejemplo de compromiso a las mujeres más jóvenes.

El último gran acierto de este libro que quiero anotar aquí es la inclusión del hallazgo de un poema, hasta ahora inédito y que fue encontrado por intermediación de la ensayista en la Biblioteca de la Universidad Stony Brook, de Nueva York. El mismo estaba en el archivo del poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade. Me permito transcribir la estrofa final ya que denota, una vez más, lo enraizada que la poesía de la Arvelo estaba en el sentir humano y lo mucho que la ofrendó a sus semejantes:

Estoy sintiendo ahora el corazón del  mundo
¡Oh signo, oh emoción, oh facultad preciosa!
Vibrar a tono, hermanos, con el terrible instante,
Hasta en las cercanías de mi corriente sueño (p.75)

Y si para Orlando Araujo el color de la poesía de Enriqueta era el azul y el rosado o el rojo para Luis Alberto Angulo o el blanco para Alicia Jiménez (p.116), finalizo diciendo que para mí los versos de Enriqueta son verdes como Barinitas, como la esperanza, como el retoñar  de los plantas bajo el sol, como el olor del pasto después de la lluvia, como la voz y la presencia viva de nuestra poeta inmortal.

[La presente reseña forma parte del número 18 de nuestra revista Contexto, correspondiente al año 2012, que actualmente se encuentra en preparación]

lunes, 18 de junio de 2012

CARLOS FUENTES Y "EL ESPEJO ENTERRADO"


[El siguiente artículo fue publicado por el diario El impulso de Barquisimeto, en su suplemento dominical Literaria, hace un par de semanas. Lo redacté expresamente para esa publicación por petición de mi maestro y amigo, Elí Caicedo Pinto, a quien agradezco el incentivo de escribir un texto dedicado a la obra de Carlos Fuentes pocos días después de su muerte.

Entiendo que la extensión de este ensayo no es la más apropiada para un blog, y por ello llegué a considerar su publicación en varias partes. He renunciado a esa idea porque lo escribí de un tirón, sin cuidarme de dejar coyunturas adecuadas para su fragmentación, así que cierto pudor (y también una dosis considerable de ceguera creativa) me impide dividirlo. Pido disculpas por su extensión a los potenciales lectores y agradezco de antemano su valiosa paciencia, si llegaran a leerlo aunque sea en parte.]

La desaparición física de un gran escritor conmueve los corazones de la comunidad literaria y da lugar para que se hagan públicas muchas opiniones sobre él y su obra. Las de los amigos cercanos, quienes compartieron su vida y los momentos excepcionales de su carrera, suelen ser emotivas reafirmaciones de amistad, remembranzas de tiempos felices, palabras íntimas compartidas con los amigos comunes. Las de sus lectores, una revisión laudatoria de su obra, ese legado para la posteridad que conecta al escritor con millones de soledades presentes y futuras.



La muerte de Carlos Fuentes no ha sido la excepción. Elena Poniatowska en el portal digital de La Joranda publicó un artículo, sencillo, pero muy sentido, sobre sus recuerdos con el escritor mexicano. Gabriel García Márquez, en el mismo portal, pidió la publicación de un texto aparecido en 1988, en el que pareció recoger por adelantado sus palabras ante la muerte del amigo. Y así, muchos escritores, políticos, actores y demás figuras han hecho público su dolor por la noticia inesperada de la muerte de Carlos Fuentes.

Con relación a su obra, la Real Academia Española había conmemorado los 50 años de la publicación de La región más transparente, en 2008, cuando Fuentes cumplía 80 años. Una de esas ediciones extraordinarias para todo el mundo de habla hispana que la RAE inauguró con el Cuatricentenario del Quijote y que da lugar a importantes estudiosos de la literatura para realizar brillantes disertaciones sobre la obra en sí o su significación dentro de la historia de las letras.

Y no es para menos. La extensa obra de Carlos Fuentes, que abarca casi todos los géneros, ocupa un lugar importante en la historia de la literatura hispanoamericana. Algunas de sus novelas más célebres (La muerte de Artemio Cruz [1962] o Terra Nostra [1975]) le hicieron merecedor de importantes galardones a ambos lados del Oceano Atlántico, como los premios “Rómulo Gallegos” (1977) y “Miguel de Cervantes” (1987).

En ocasión de este último, Enrique Krauze, historiador y ensayista mexicano célebre por sus polémicas, hizo público un ensayo titulado “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, en el cual hacía un descarnado retrato de un Fuentes desconectado de la realidad mexicana, superficial en la creación de sus personajes y dandy oportunista de la hora revolucionaria, tanto de México como de Latinoamérica.

Reseño este artículo porque paradójicamente Krauze ataca el aspecto más celebrado de Carlos Fuentes: Su profundo conocimiento de México, como cultura y nación. Gonzalo Celorio, por ejemplo, en su trabajo para la edición de la RAE, que mencionamos más arriba, señala que La región más transparente es “La primera novela que le confiere a la ciudad de México una voz propia y que la abarca en su conjunto”. María Teresa Colchero Garrido, por su parte, en el artículo “La polémica ocasionada por Krauze sobre Carlos Fuentes”, publicado en algún lugar y que se encuentra huérfano de pie de imprenta en la vasta internet, sale al paso a estas declaraciones (quién-sabe-cuándo) para dejar claro que el distanciamiento que Krauze acusa en Fuentes de la realidad mexicana debido a que la mayor parte de su vida ha vivido fuera del país no puede en ningún sentido ser motivo para la descalificación, a tenor de que es improcedente aplicar determinismos espaciales a esas relaciones conceptuales entre un escritor y su terruño.

Mucho de cierto hay en las palabras tanto de Celorio como de Colchero Garrido, puesto que el texto de Krauze pareció encontrar una respuesta contundente de parte de Fuentes (por lo menos en este aspecto histórico y cultural) en el monumental ensayo El espejo enterrado, publicado en 1992. Por bien que muchas novelas, cuentos, obras de teatros, crónicas y guiones de cine de Carlos Fuentes ocupen una atención especial en los estudios de la literatura castellana de los siglos XX y XXI, es El espejo enterrado el libro que parece reunir en todos los sentidos al mejor Fuentes. Y no sólo porque se trata de un concienzudo recorrido por el devenir histórico de América, sino porque además llega en el momento preciso en que el “Nuevo Mundo” se enfrentaba a un hecho crucial para su identidad como continente: Los Quinientos años del “descubrimiento”.

Sus detractores, entre ellos el propio Krauze, deben estar de acuerdo con ello, puesto que él mismo reconoce que para bien o para mal Fuentes es un extraordinario escritor. Si Aura (1962) o La gran novela latinoamericana (2011) pudieron resultar insatisfactoria, la una, y polémica, la otra, El espejo enterrado en cambio vino a dar forma definitiva a un tema que había explorado Fuentes durante toda su carrera. De hecho, algunos llegan a afirmar que este libro es algo así como los “Cien años de soledad” de Fuentes, no sólo porque su estructura se presta para la lectura novelada, sino porque en él confluyen otros libros (novelas, cuentos, ensayos) publicados anteriormente por el mexicano. Yo en lo particular pienso que es el ensayo más ameno y sustancioso que he leído hasta este momento sobre la historia y cultura latinoamericanas.

El proyecto en sí se originó entre 1988 y 1989. Surgió como una serie televisiva en cinco partes que el productor Michael Gill y la Smithsonian Institution se plantearon a propósito del cumplimiento del V centenario de la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas. La producción del audiovisual terminó en 1991 y el Fondo de Cultura Económica, basado en él, decidió publicar un libro y lanzarlo en el año de la celebración, 1992. La edición es bellísima. 440 páginas en el más fino papel con láminas “full” color de cuadros, esculturas, piezas arqueológicas, monumentos arquitectónicos, árboles genealógicos… indispensables para comprender y seguir el hilo de la exposición hecha por Carlos Fuentes.

Octavio Paz había escrito El laberinto de la soledad, documento sociológico y filosófico sobre el mexicano y sus relaciones de identidad con los símbolos y el medio. Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, compendio vastísimo sobre el saqueo al continente. Ambos libros, sin embargo, carecían del enfoque que les permitiera estar a la altura de la crisis cultural que el momento planteaba. El primer libro fue una exégesis restringida al mexicano, a la formación de México y a su tradición.; el segundo tuvo un evidente sentido de denuncia. El espejo enterrado en cambio fue mucho más allá y se planteó una exploración más amplia del hecho americano, desde una perspectiva identitaria, que otros autores ya habían planteado, con mayor o menor suerte. Fue sobre todo una visión cultural de los hechos y elementos que marcaron un antes y un después dentro de la construcción de América.

La propia introducción del libro es una invitación a revivir la discusión que Pedro Henríquez Ureña, Arturo Uslar Pietri o Fernando Ortiz ya habían sostenido sobre la significación del viaje de Colón. Recuerda mucho a estos autores sobre todo cuando casi al comienzo del prólogo apunta que: “Colón, más que el oro, le ofreció a Europa una visión de la Edad de Oro restaurada”, “el paraíso terrenal y el buen salvaje que lo habitaba”. De allí en adelante el balance no será tan idílico y por ello, a mitad de la introducción Fuentes se pregunta y nos pregunta: “¿Tenemos realmente algo que celebrar (por los Quinientos años de la llegada de Colón)?” A pesar de la dolorosa situación política, social y económica que Latinoamérica vivía en los primeros años de la década del noventa (y que se ha extendido hasta nuestros días), Fuentes encuentra un motivo para celebrar: la gran herencia cultural.

Muchos vieron esa afirmación desde la idea de que el espejo al que aludía el título del libro y el que Latinoamérica debía ver era el de Europa como su semejante, un lugar del cual venimos y que por tanto guarda las claves de lo que somos. La verdad es que esa conclusión es tan correcta como equivocada. La Europa que Fuentes proponía que viera Latinoamérica era la España monárquica que tuvo su influencia sobre el continente (y buena parte del mundo) entre los XV y principios del XIX, y pedía que la mirara sobre todo desde los ojos de lo que fue América antes de ese nombre. Cuando Carlos Fuentes plantea su metáfora del espejo cita ejemplos emparentados con esa época. Habla de don Quijote y Alonso Quijano, del antiguo Mediterráneo y de Velásquez; habla también de Quetzalcóatl y del Veracruz precolombino. Eso debe alertarnos de un sentido ancestral de su metáfora.

¿Dónde empieza El espejo enterrado? En las primeras importaciones de la España colonizadora al Nuevo Mundo: la plaza de toros y la virgen. No desde la perspectiva de lo que heredamos, sino de la significación que estos elementos tienen en el imaginario español medieval y del enorme influjo que tuvo en la formación de ese imaginario lo que el Mediterráneo había llevado a la península durante la época de los romanos y el éxodo que significó su disolución. Es decir que El espejo enterrado arranca desde la historia del Otro; una relación de hechos ajena y que en primera instancia pasa por contar lo que fue un proceso extranjero de formación cultural. “Qué es España al llegar a estas tierras” parece sugerir el comienzo del libro.

Cuatro capítulos y casi cien páginas después, aún estamos en España. Es tan sólo en el quinto capítulo cuando nos encontramos con el “Nuevo Mundo”. Llegamos a él con el propio viaje de Carlos Fuentes. Krauze había denunciado en su ensayo que Fuentes conocía poco a México y que su visión era a lo sumo turística. Su espíritu cosmopolita y viajero despertó en Fuentes una atención accesoria por un mundo exótico, dice Krauze. No sabemos qué tanto de cierto pueda haber en esta afirmación tan subjetiva. De lo que sí podemos estar seguro es de que del viaje que realizó Fuentes para conocer a México y Latinoamérica  nace este orden de El espejo enterrado: primero, una exploración del mundo español del siglo XV y luego la llegada, junto con Hernán Cortés y Francisco Pizarro a tierras americanas.

Pero en esta llegada no hay sólo la visión del conquistador. Primero hay un recuento de que lo había en el “Nuevo Mundo” y cómo a partir de ello se organizaron las relaciones simbólicas de las culturas que se encontraron (porque fueron muchas más que dos). Fuentes, como Uslar Pietri, parece decir que no sólo el nativo del “Nuevo Mundo” no fue el mismo ante la llegada de los españoles, sino que también el español cambió con este encuentro. No podía seguir viendo el mundo de la misma manera, es cierto, pero tampoco podía ser ajeno al influjo que este nuevo ser humano iba a tener en su comida, su lengua y su descendencia. Hernán Cortés desposó a la Malinche como un acto simbólico de poseer el mundo recién “descubierto” no sólo en los bolsillos, sino también en la sangre.

A estas alturas del libro uno puede lamentarse de las pocas páginas que Fuentes dedica al mundo americano antes de la llegada de los españoles frente a la gran cantidad de datos y referencias que se presentan de España. Lamentablemente es una realidad el hecho de que los conquistadores españoles (como casi todos los invasores de la historia) destruyeron la mayoría de los registros históricos que dan cuenta de la larguísima tradición anterior a ellos. Es una justificación pobre lo sé. Pero, menos que justificar esta desproporción del libro, pienso que no podemos olvidar que del encuentro entre los nativos del “Nuevo Mundo” y los españoles no surgió una continuación del “Viejo Mundo”, sino algo totalmente nuevo que con el tiempo rompió el cordón umbilical, y que menos tuvo que ver con lo que se perdió del mundo precolombino que con la poderosa historia preservada por la voz oficial del conquistador.

Aún faltaba tiempo para esa ruptura y mientras tanto la virgen traída desde la península y el toro que vino en las bodegas de los barcos encontraron un asidero en las primeras poblaciones fundadas en Tierra Firma que iniciaron una historia doméstica. La virgen de Guadalupe ocupó el sitio de la diosa Coatlicue y el resto del continente, quizás siguiendo este ejemplo, llamó en español cristiano a sus madres protectoras: la Virgen del Valle (Colombia), la Virgen del Cobre (Cuba), la Virgen de Coromoto (Venezuela). La fiesta brava, por su parte, construyó sus arenas monumentales y alimentó la reyerta del toro contra el hombre de tal manera, que en Venezuela por ejemplo, la Feria Internacional de San Sebastián (eminentemente taurina), en Táchira, llegó a ser de las más importantes en el mundo de habla castellana.

Pero el vínculo con España era apenas una delicada red de artificiosas instituciones. Tan virtual era este dominio en los primeros tiempos que a pesar de los importantes “negocios” que la corona tuvo con las tierras recién anexadas, Fuentes se ve obligado a volver a la península y desde allá ver cómo llegan los barcos cargados de oro mientras los monarcas españoles, durante sucesivos reinados, se disputan el poder con el resto de Europa.

El Siglo de Oro aparece en medio del turbulento escenario europeo, como para recordarnos el altísimo valor cultural que la nueva situación del mundo iba a legar a la humanidad. De esta época es nada más y nada menos que Don Quijote de La Mancha. Aunque en este capítulo el mundo americano desaparece de momento y nos toca conformarnos con disfrutar de la rica exposición de cuadros y literatura españoles de este altísimo momento del arte mundial. Lo que en España se produjo en ese momento era el resultado de lo que el mundo estaba viviendo y cómo se proyectaba en una generación de artistas que volvían sus ojos al mundo terrenal y olvidaban un poco el celestial.

Para cuando regresamos a América, las cosas han avanzado a su propio ritmo, pero ha quedado patente un rasgo definitivo de la historia subsecuente y el carácter de lo latinoamericano: el trasplante forzoso de todo lo que en el “Nuevo Mundo” germinó significaría para siempre un espíritu violento y caótico que ya nunca jamás halló acomodo. Es allí donde radica la ruptura que abrió la brecha insalvable entre España y sus supuestas colonias de ultra mar.

Tanto el aborigen que es arrancado de su sistema político, su religión y su ciudad, en fin de su cultura, para sujetarlo a la ciudad española y al cuartel improvisados en las tierras conquistas y el africano traído como animal para los trabajos forzados mantendrán una actitud ajena y siempre se sentirán extraños a ese mundo que les tortura y somete.

El propio español que vino desarrolló una conciencia diferente y vio a la península y ella a él con otros ojos. El profesor Rubén Darío Jaimes, en una de sus clases de Literatura Latinoamericana, especialmente del Caribe, refería en cierta ocasión una anécdota muy ilustrativa de esta idea. No recuerdo los protagonistas o si mi memoria de la anécdota es exacta, pero lo importante es el planteamiento: Un latinoamericano en España a modo de guasa le dice a un español: “Tu abuelo que fue a América a saquear y a violar” y éste le responde: “Mi abuelo no, el tuyo, porque el mío no salió de aquí”. De muchas maneras, el español que se embarcó en la aventura de la conquista y colonización no podía regresar a España siendo el mismo. Debía enfrentar los fantasmas que Europa alimentó en su conciencia de una supuesta tierra de utopías con la tragedia de la esclavitud y las ambiciones de las riquezas desmedidas.

El español “exiliado”, el aborigen conquistado y el negro raptado se encontraron de pronto en un paraíso extraño que promovía una confusión de identidad, difícilmente “aclarable” por las leyes de uno, de otro o de “unotro”. Fuentes se plantea las preguntas posibles de ese momento identitario:
¿Cuál era nuestro lugar en el mundo? ¿A quién le debíamos lealtad? ¿A nuestros padres europeos? ¿A nuestras madres quechuas, mayas, aztecas o chibchas? ¿A quién deberíamos dirigir ahora nuestras oraciones? ¿A los dioses antiguos o a los nuevos? ¿Qué idioma íbamos a hablar, el de los conquistados, o el de los conquistadores? (pág. 206)

Y es de esta crisis de identidad donde surge el mestizaje, lo verdaderamente latinoamericano, lo verdaderamente nuevo. Fuentes lo define con una idea europea: el barroco, y su explicación es satisfactoria, aunque la idea en que se apoya para rematar sus afirmaciones satisface más por la amplitud que por la justicia de la comparación:
Más allá del mundo del imperio, el oro y el poder; más allá de las guerras entre religiones y dinastías, un valiente mundo nuevo [¿Brave New World?] se estaba formando en las Américas, con manos y voces americanas. Una nueva sociedad, una nueva fe, con su lenguaje propio, sus propias costumbres, sus propias necesidades (pág. 207).

Donde se construía una iglesia católica, el arquitecto mestizo ponía un símbolo aborigen. En las liturgias de la Semana Santa, los yorubas introducían sus cánticos y rituales. Al plato de comida español se le agregaba el maíz. El sincretismo espontáneo (y necesario) cobró una vigencia cada vez mayor en la descendencia. Aborigen, negro y español siguieron guardando un espíritu de extrañamiento y quizás nunca lo abandonaron. Las rebeliones de esclavos fueron pan de cada día y siempre tenían el proyecto de una nación africana. La primera junta patriótica de Caracas se organiza en defensa de los Derechos de Fernando VII. Es el mestizo, originario de estas tierras y producto de un proceso histórico que para él constituye su génesis, el que empieza a apoderarse de la noción de un mundo propio.

Este capítulo del libro titulado “El Barroco del Nuevo Mundo” es particularmente especial en este sentido. No parece gratuito que esté ubicado en pleno centro del libro (es el IX de XVIII capítulos) y tampoco parece inocente que recoja hasta ese momento los aspectos resaltantes de toda la exposición precedente y sirva de pórtico al largo proceso de la independencia americana. Por supuesto que Fuentes regresa a España un capítulo más antes de centrarse en las guerras de las colonias contra el imperio, pero es una estación necesaria para explicar los aspectos que justificaron y precipitaron la ruptura política definitiva entre ambas orillas.

Desde esa ruptura hasta el siglo XX como etapa histórica de la Latinoamérica constituida hay un profundo análisis de los personajes y procesos que reunieron en poco más de 150 años todo el largo devenir que a otros continentes o naciones les llevo más de cuatro siglos. Simón Bolívar y José de San Martín como impulsores de la independencia sureña y la larga lista de tiranos que durante el siglo XIX gobernaron las nacientes repúblicas protagonizan el turbulento suceder de gobiernos y ensayos democráticos que no dan un resultado esperanzador hasta bien entrado el siglo pasado.

Pero estás esperanzas demoraron muy poco o no pasaron de ser eso. El capítulo XVI, “Latinoamérica” no logra por momentos desligarse de la poderosa influencia que tuvo la política en un sistema cultural que una vez más recibía el ataque económico de potencias extranjeras. Poco o nada puede decirse de los aspectos culturales que se mantenían o desarrollaban bajo los terribles conflictos de una democracia mercantil, salvo que el espíritu cimarrón del latinoamericano abrazó las banderas de la revolución como única salida posible.

Polarizado el mundo en dos grandes centros, EE. UU. y la URSS, Latinoamérica se debatía entre las contradicciones que durante toda su historia habían encerrado sus posibilidades: riquezas naturales contra el saqueo de regímenes foráneos. Con lo que no puedo estar de acuerdo, siempre como conclusión de la lectura, es que, según Fuentes, esa Latinoamérica sumida en estos problemas diacrónicos volviera los ojos a España para encontrar allí: “la playa europea del Nuevo Mundo” (pág. 356).

Muy difícilmente podía encontrar Latinoamérica en España esos rastros de un faro cultural, cuando la península venía de 50 años de dictadura fascista y su salida, aunque pomposamente celebrada como democrática, fue precisamente la monarquía. Latinoamérica había roto con el Imperio español esperanzada en un modelo republicano que le permitiera por fin acceder a la modernidad. No es lógico que encontrara en la corona del rey Juan Carlos algún rastro de esa democracia anhelada, ni siquiera por el hecho de que el Rey allanara el camino para la realización de elecciones libres. El proceso político que viven casi todos los países latinoamericanos y la propia España es prueba de ello.

De hecho, el capítulo XVII, “La España contemporánea”, es una exposición en la que Fuente no puede mostrarnos un nexo real entre la antigua monarquía y sus actuales descendientes coloniales. Menciona a Rubén Darío en un momento en que su admiración por la cultura española le hace olvidar que el poeta nicaragüense escribe en medio de los estertores de una época gloriosa, a casi un siglo de distancia.

Lo que si encuentro acertado es el último capítulo dedicado a la presencia de lo hispanoamericano en Norteamérica.

Si bien el éxodo en busca de oportunidades ha esparcido al latino a todos los rincones del mundo (caso especial el de España) es en los EE. UU. donde ha calado con mayor intensidad. Luego de la larga lucha de la revolución contra la influencia del consumismo estadounidense parece ser esta cultura la que tiene más que temerle a la presencia del latino. El Otro para el latinoamericano en estos momentos, no es el europeo, es su vecino del Norte. Y allí justamente se libra la disputa más seria por el dominio cultural.

Durante la gran migración europea de mediados del siglo XIX y luego durante las guerras mundiales, EE. UU. recibió un número gigantesco de nuevas nacionalidad, lenguas y culturas. Pero, palió los efectos sobre la vida doméstica con un proceso, quizás controlado, quizás espontáneo, en el que las nacionalidades recién llegadas se organizaron en guetos. Territorios exclusivos para sus compatriotas, en los que hasta el idioma se cuidó de toda contaminación; se habla en sus lenguas, se profesa su religión, se mantiene su vestido.

La cultura latinoamericana, compleja, vasta, llegó después e inmediatamente supuso un desajuste. El “Norte” llegó a un acuerdo con las comunidades negras, italianas, judías, árabes, chinas, casi siempre restrictivo, de participación social, de convivencia aséptica y de diferenciación racial. Los latinos en cambio no entendieron estas restricciones. Su número creciente, su naturaleza mestiza y su capacidad para adaptar a su propio código los elementos de otras culturas han logrado que la cultura latinoamericana cobre una presencia activa entre los sectores políticos y culturales estadounidenses. Un ejemplo de ello, es por ejemplo la campaña a favor del voto latino que deben hacer los candidatos presidenciales en EE. UU. no ya como una opción, sino como una necesidad aritmética. El desplazamiento del inglés por el español como la segunda lengua más hablada en el mundo, es también muy ilustrativo de este fenómeno.

El último apartado del libro, “El espejo desenterrado”, vuelve sobre la metáfora propuesta en la introducción del libro: la herramienta capaz de enseñar a Latinoamérica un rostro propio en medio de la crisis política, económica y social que distorsiona la gran riqueza cultural del continente.

Fuentes ve con optimismo el futuro del continente en virtud de que éste “se transforma y se mueve, creativamente, mediante la evolución o revolución, mediante elecciones y movimientos de masas, porque sus hombres y mujeres están cambiando y moviéndose” (pág. 387). Ese es un hecho que no necesita comprobación. La era de información inmediata que vivimos hace más patente la capacidad del latinoamericano para enfrentar estos cambios con éxito a pesar de las advertencias sobre las limitaciones económicas de la mayoría de la población. Y este es el rasgo fundamental del que hablábamos dos párrafos más arriba y el cual deben “temer” los vecinos culturales de Latinoamérica.

El espejo enterrado de Fuentes termina como empieza, situándonos en la mañana en que Colón vio tierras americanas por primera vez y de la desbordante cultura que se originó a partir de ese día, entre cambios e intercambios. Cierra el libro al igual que la introducción insistiendo en la naturaleza simbólica del espejo, que al mismo tiempo que refleja la realidad es un proyecto de la imaginación. Aunque la hace en forma de pregunta, no entiendo muy bien la sugerencia. Intuyo que debe ser algo así como que el reflejo que proyecta el espejo somos nosotros tal cual somos y también al revés. Complicada idea que quizás nos dé pistas sobre Latinoamérica, ese paraíso terrenal, la fuente de la eterna juventud y el rincón del mundo en el que espera la posibilidad absoluta; un carnaval eterno de las formas, en el que se sufren las alegrías y la muerte se festeja.