jueves, 21 de junio de 2012

RESEÑA





COMO EL HILO SIN PERLAS
Viaje al universo poético de Enriqueta Arvelo Larriva (2012)
Alicia Jiménez de Sánchez
Caracas: Fondo Editorial Fundarte


La estatura poética de Enriqueta Arvelo Larriva ya ha sido ampliamente reconocida en el ámbito de las letras nacionales y aceptada por el canon como la primera mujer que asumió la posesión de una voz propia, con la que abonó el camino de la poesía venezolana hacia la modernidad. Son varios los estudios que se han hecho sobre su obra, nunca suficientes, por supuesto, dada la singularidad de su poética, lo que no permitirá nunca agotar la lectura de sus entrañables y profundos poemas.

De lo que sí adolecía el acercamiento a su figura era de los detalles de su vida personal, debido a su permanencia en el pequeño pueblo de Barinitas, hasta bien entrada la madurez, apartada de los círculos literarios de su hora. De manera que sus devotos siempre queríamos saber más sobre una personalidad, de pocas vivencias exteriores, pero siempre a la escucha y al acecho de los misterios del mundo. De ahí que no contemos con una iconografía que nos dé cuenta de su imagen ampliamente, como sí ocurrió con esa otra gran mujer de las letras del país: Teresa de la Parra. Tampoco su amplio epistolario, tan ponderado por Mariano Picón Salas o Udón Pérez,  sobrevivió al desinterés de quienes la rodearon, salvo algunas excepciones.

Todo lo dicho contribuye a subrayar la importancia del libro de Alicia Jiménez de Sánchez, mención especial del II Premio Nacional de Literatura Stefanía Mosca, Mención Ensayo, 2012. La autora,  nacida en Uracoa, es barinesa por adopción. Aunque su profesión es la de Ingeniera Civil, es una apasionada de la literatura y una creadora, a su vez, dentro de los géneros del cuento y la poseía; además de engrosar las filas de los devotos  “enriquetólogos” que ya vamos siendo legión.

Luego de la lectura, de “un solo tirón”, de este delicioso ensayo, caemos en cuenta de que todavía quedaban muchas cosas por decir y descubrir sobre Enriqueta Arvelo Larriva; y que sólo la labor detectivesca de Jiménez nos permite conocer hoy. Dividido en nueve apartes, el libro combina el detalle biográfico, el comentario de textos, las puntualizaciones geográficas o históricas,  junto al despliegue literario de la autora, quien no se cohíbe de expresar impresiones o acuñar imágenes propias. Se trata de esa escritura “a lo que salga”, según definía don Miguel de Unamuno al ensayo, refiriéndose  a la libertad expresiva que hace sentir al escritor a sus anchas dentro de este género.

Es así como la autora nos inicia presentándonos a la verde Barinitas, de patios enormes y frondosos jardines que aún hoy la caracterizan. Esa misma Barinitas antes conocida como la Mesa de Moromoy. Se trata de un necesario introito si tenemos en cuenta lo mucho que este paisaje significó para la poesía de Enriqueta. Seguidamente se nos habla de ese estigma que marcó a nuestra querida poeta: era fea y además solterona. Su único amor no le cumplió la palabra empeñada en posible matrimonio; abandono cruel pero que le permitió dedicarse  plenamente a su verdadera vocación: la Poesía.

Junto a estos datos se suceden las revelaciones, algunas muy curiosas y gratas ya que nos aproximan a esa presencia viva de Enriqueta, alimentando aún más el mito que bordea su figura. Es así como nos sorprende saber de su afición por el beisbol, era magallanera. Además, Jiménez nos la presenta como una mujer alegre y buena conversadora, con muchos amigos, varios de ellos epistolares. Esto contradice esa imagen de mujer tímida, calladita y temblorosa que nos han ofrecido algunos autores.

Otros datos corrigen errores como la afirmación de que ella se carteó con Gabriela Mistral, cuando no se ha encontrado la menor evidencia de ello o el desmentido de un suceso varias veces relatado: que su casa en Barinitas fue quemada por opositores políticos en 1946, cuando en verdad el incendió se debió a una chispa en la cocina. Aunque quizás lo más estremecedor de todas estas revelaciones obtenidas por Alicia Jiménez durante sus entrevistas y acuciosa pesquisa fue el entender que la familia no la valoró como poeta, sólo como prosista, como colaboradora de varias publicaciones periódicas de su tiempo. Para sus parientes el gran poeta era el hermano, Alfredo Arvelo Larriva, lo de ella eran “las cosas de Enriqueta”. Sólo su primo Alberto Arvelo Torrealba supo valorarla como poeta. Ironías de la vida, hoy la obra verdaderamente trascendente es la de la humilde Enriqueta

Sabemos también que tuvo inquietudes políticas, estaba al tanto de todo lo que ocurría en su país y en el  mundo. Su preocupación social estuvo siempre presente y llegó a interesarse incluso por la competencia electoral: “ya no les tengo lástima a los luchadores democráticos porque en la lucha se goza quizás más que en el triunfo” (p.65). Es esta una frase con la que demuestra su temple y disposición para la participación ciudadana, así como para dar un ejemplo de compromiso a las mujeres más jóvenes.

El último gran acierto de este libro que quiero anotar aquí es la inclusión del hallazgo de un poema, hasta ahora inédito y que fue encontrado por intermediación de la ensayista en la Biblioteca de la Universidad Stony Brook, de Nueva York. El mismo estaba en el archivo del poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade. Me permito transcribir la estrofa final ya que denota, una vez más, lo enraizada que la poesía de la Arvelo estaba en el sentir humano y lo mucho que la ofrendó a sus semejantes:

Estoy sintiendo ahora el corazón del  mundo
¡Oh signo, oh emoción, oh facultad preciosa!
Vibrar a tono, hermanos, con el terrible instante,
Hasta en las cercanías de mi corriente sueño (p.75)

Y si para Orlando Araujo el color de la poesía de Enriqueta era el azul y el rosado o el rojo para Luis Alberto Angulo o el blanco para Alicia Jiménez (p.116), finalizo diciendo que para mí los versos de Enriqueta son verdes como Barinitas, como la esperanza, como el retoñar  de los plantas bajo el sol, como el olor del pasto después de la lluvia, como la voz y la presencia viva de nuestra poeta inmortal.

[La presente reseña forma parte del número 18 de nuestra revista Contexto, correspondiente al año 2012, que actualmente se encuentra en preparación]

lunes, 18 de junio de 2012

CARLOS FUENTES Y "EL ESPEJO ENTERRADO"


[El siguiente artículo fue publicado por el diario El impulso de Barquisimeto, en su suplemento dominical Literaria, hace un par de semanas. Lo redacté expresamente para esa publicación por petición de mi maestro y amigo, Elí Caicedo Pinto, a quien agradezco el incentivo de escribir un texto dedicado a la obra de Carlos Fuentes pocos días después de su muerte.

Entiendo que la extensión de este ensayo no es la más apropiada para un blog, y por ello llegué a considerar su publicación en varias partes. He renunciado a esa idea porque lo escribí de un tirón, sin cuidarme de dejar coyunturas adecuadas para su fragmentación, así que cierto pudor (y también una dosis considerable de ceguera creativa) me impide dividirlo. Pido disculpas por su extensión a los potenciales lectores y agradezco de antemano su valiosa paciencia, si llegaran a leerlo aunque sea en parte.]

La desaparición física de un gran escritor conmueve los corazones de la comunidad literaria y da lugar para que se hagan públicas muchas opiniones sobre él y su obra. Las de los amigos cercanos, quienes compartieron su vida y los momentos excepcionales de su carrera, suelen ser emotivas reafirmaciones de amistad, remembranzas de tiempos felices, palabras íntimas compartidas con los amigos comunes. Las de sus lectores, una revisión laudatoria de su obra, ese legado para la posteridad que conecta al escritor con millones de soledades presentes y futuras.



La muerte de Carlos Fuentes no ha sido la excepción. Elena Poniatowska en el portal digital de La Joranda publicó un artículo, sencillo, pero muy sentido, sobre sus recuerdos con el escritor mexicano. Gabriel García Márquez, en el mismo portal, pidió la publicación de un texto aparecido en 1988, en el que pareció recoger por adelantado sus palabras ante la muerte del amigo. Y así, muchos escritores, políticos, actores y demás figuras han hecho público su dolor por la noticia inesperada de la muerte de Carlos Fuentes.

Con relación a su obra, la Real Academia Española había conmemorado los 50 años de la publicación de La región más transparente, en 2008, cuando Fuentes cumplía 80 años. Una de esas ediciones extraordinarias para todo el mundo de habla hispana que la RAE inauguró con el Cuatricentenario del Quijote y que da lugar a importantes estudiosos de la literatura para realizar brillantes disertaciones sobre la obra en sí o su significación dentro de la historia de las letras.

Y no es para menos. La extensa obra de Carlos Fuentes, que abarca casi todos los géneros, ocupa un lugar importante en la historia de la literatura hispanoamericana. Algunas de sus novelas más célebres (La muerte de Artemio Cruz [1962] o Terra Nostra [1975]) le hicieron merecedor de importantes galardones a ambos lados del Oceano Atlántico, como los premios “Rómulo Gallegos” (1977) y “Miguel de Cervantes” (1987).

En ocasión de este último, Enrique Krauze, historiador y ensayista mexicano célebre por sus polémicas, hizo público un ensayo titulado “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, en el cual hacía un descarnado retrato de un Fuentes desconectado de la realidad mexicana, superficial en la creación de sus personajes y dandy oportunista de la hora revolucionaria, tanto de México como de Latinoamérica.

Reseño este artículo porque paradójicamente Krauze ataca el aspecto más celebrado de Carlos Fuentes: Su profundo conocimiento de México, como cultura y nación. Gonzalo Celorio, por ejemplo, en su trabajo para la edición de la RAE, que mencionamos más arriba, señala que La región más transparente es “La primera novela que le confiere a la ciudad de México una voz propia y que la abarca en su conjunto”. María Teresa Colchero Garrido, por su parte, en el artículo “La polémica ocasionada por Krauze sobre Carlos Fuentes”, publicado en algún lugar y que se encuentra huérfano de pie de imprenta en la vasta internet, sale al paso a estas declaraciones (quién-sabe-cuándo) para dejar claro que el distanciamiento que Krauze acusa en Fuentes de la realidad mexicana debido a que la mayor parte de su vida ha vivido fuera del país no puede en ningún sentido ser motivo para la descalificación, a tenor de que es improcedente aplicar determinismos espaciales a esas relaciones conceptuales entre un escritor y su terruño.

Mucho de cierto hay en las palabras tanto de Celorio como de Colchero Garrido, puesto que el texto de Krauze pareció encontrar una respuesta contundente de parte de Fuentes (por lo menos en este aspecto histórico y cultural) en el monumental ensayo El espejo enterrado, publicado en 1992. Por bien que muchas novelas, cuentos, obras de teatros, crónicas y guiones de cine de Carlos Fuentes ocupen una atención especial en los estudios de la literatura castellana de los siglos XX y XXI, es El espejo enterrado el libro que parece reunir en todos los sentidos al mejor Fuentes. Y no sólo porque se trata de un concienzudo recorrido por el devenir histórico de América, sino porque además llega en el momento preciso en que el “Nuevo Mundo” se enfrentaba a un hecho crucial para su identidad como continente: Los Quinientos años del “descubrimiento”.

Sus detractores, entre ellos el propio Krauze, deben estar de acuerdo con ello, puesto que él mismo reconoce que para bien o para mal Fuentes es un extraordinario escritor. Si Aura (1962) o La gran novela latinoamericana (2011) pudieron resultar insatisfactoria, la una, y polémica, la otra, El espejo enterrado en cambio vino a dar forma definitiva a un tema que había explorado Fuentes durante toda su carrera. De hecho, algunos llegan a afirmar que este libro es algo así como los “Cien años de soledad” de Fuentes, no sólo porque su estructura se presta para la lectura novelada, sino porque en él confluyen otros libros (novelas, cuentos, ensayos) publicados anteriormente por el mexicano. Yo en lo particular pienso que es el ensayo más ameno y sustancioso que he leído hasta este momento sobre la historia y cultura latinoamericanas.

El proyecto en sí se originó entre 1988 y 1989. Surgió como una serie televisiva en cinco partes que el productor Michael Gill y la Smithsonian Institution se plantearon a propósito del cumplimiento del V centenario de la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas. La producción del audiovisual terminó en 1991 y el Fondo de Cultura Económica, basado en él, decidió publicar un libro y lanzarlo en el año de la celebración, 1992. La edición es bellísima. 440 páginas en el más fino papel con láminas “full” color de cuadros, esculturas, piezas arqueológicas, monumentos arquitectónicos, árboles genealógicos… indispensables para comprender y seguir el hilo de la exposición hecha por Carlos Fuentes.

Octavio Paz había escrito El laberinto de la soledad, documento sociológico y filosófico sobre el mexicano y sus relaciones de identidad con los símbolos y el medio. Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, compendio vastísimo sobre el saqueo al continente. Ambos libros, sin embargo, carecían del enfoque que les permitiera estar a la altura de la crisis cultural que el momento planteaba. El primer libro fue una exégesis restringida al mexicano, a la formación de México y a su tradición.; el segundo tuvo un evidente sentido de denuncia. El espejo enterrado en cambio fue mucho más allá y se planteó una exploración más amplia del hecho americano, desde una perspectiva identitaria, que otros autores ya habían planteado, con mayor o menor suerte. Fue sobre todo una visión cultural de los hechos y elementos que marcaron un antes y un después dentro de la construcción de América.

La propia introducción del libro es una invitación a revivir la discusión que Pedro Henríquez Ureña, Arturo Uslar Pietri o Fernando Ortiz ya habían sostenido sobre la significación del viaje de Colón. Recuerda mucho a estos autores sobre todo cuando casi al comienzo del prólogo apunta que: “Colón, más que el oro, le ofreció a Europa una visión de la Edad de Oro restaurada”, “el paraíso terrenal y el buen salvaje que lo habitaba”. De allí en adelante el balance no será tan idílico y por ello, a mitad de la introducción Fuentes se pregunta y nos pregunta: “¿Tenemos realmente algo que celebrar (por los Quinientos años de la llegada de Colón)?” A pesar de la dolorosa situación política, social y económica que Latinoamérica vivía en los primeros años de la década del noventa (y que se ha extendido hasta nuestros días), Fuentes encuentra un motivo para celebrar: la gran herencia cultural.

Muchos vieron esa afirmación desde la idea de que el espejo al que aludía el título del libro y el que Latinoamérica debía ver era el de Europa como su semejante, un lugar del cual venimos y que por tanto guarda las claves de lo que somos. La verdad es que esa conclusión es tan correcta como equivocada. La Europa que Fuentes proponía que viera Latinoamérica era la España monárquica que tuvo su influencia sobre el continente (y buena parte del mundo) entre los XV y principios del XIX, y pedía que la mirara sobre todo desde los ojos de lo que fue América antes de ese nombre. Cuando Carlos Fuentes plantea su metáfora del espejo cita ejemplos emparentados con esa época. Habla de don Quijote y Alonso Quijano, del antiguo Mediterráneo y de Velásquez; habla también de Quetzalcóatl y del Veracruz precolombino. Eso debe alertarnos de un sentido ancestral de su metáfora.

¿Dónde empieza El espejo enterrado? En las primeras importaciones de la España colonizadora al Nuevo Mundo: la plaza de toros y la virgen. No desde la perspectiva de lo que heredamos, sino de la significación que estos elementos tienen en el imaginario español medieval y del enorme influjo que tuvo en la formación de ese imaginario lo que el Mediterráneo había llevado a la península durante la época de los romanos y el éxodo que significó su disolución. Es decir que El espejo enterrado arranca desde la historia del Otro; una relación de hechos ajena y que en primera instancia pasa por contar lo que fue un proceso extranjero de formación cultural. “Qué es España al llegar a estas tierras” parece sugerir el comienzo del libro.

Cuatro capítulos y casi cien páginas después, aún estamos en España. Es tan sólo en el quinto capítulo cuando nos encontramos con el “Nuevo Mundo”. Llegamos a él con el propio viaje de Carlos Fuentes. Krauze había denunciado en su ensayo que Fuentes conocía poco a México y que su visión era a lo sumo turística. Su espíritu cosmopolita y viajero despertó en Fuentes una atención accesoria por un mundo exótico, dice Krauze. No sabemos qué tanto de cierto pueda haber en esta afirmación tan subjetiva. De lo que sí podemos estar seguro es de que del viaje que realizó Fuentes para conocer a México y Latinoamérica  nace este orden de El espejo enterrado: primero, una exploración del mundo español del siglo XV y luego la llegada, junto con Hernán Cortés y Francisco Pizarro a tierras americanas.

Pero en esta llegada no hay sólo la visión del conquistador. Primero hay un recuento de que lo había en el “Nuevo Mundo” y cómo a partir de ello se organizaron las relaciones simbólicas de las culturas que se encontraron (porque fueron muchas más que dos). Fuentes, como Uslar Pietri, parece decir que no sólo el nativo del “Nuevo Mundo” no fue el mismo ante la llegada de los españoles, sino que también el español cambió con este encuentro. No podía seguir viendo el mundo de la misma manera, es cierto, pero tampoco podía ser ajeno al influjo que este nuevo ser humano iba a tener en su comida, su lengua y su descendencia. Hernán Cortés desposó a la Malinche como un acto simbólico de poseer el mundo recién “descubierto” no sólo en los bolsillos, sino también en la sangre.

A estas alturas del libro uno puede lamentarse de las pocas páginas que Fuentes dedica al mundo americano antes de la llegada de los españoles frente a la gran cantidad de datos y referencias que se presentan de España. Lamentablemente es una realidad el hecho de que los conquistadores españoles (como casi todos los invasores de la historia) destruyeron la mayoría de los registros históricos que dan cuenta de la larguísima tradición anterior a ellos. Es una justificación pobre lo sé. Pero, menos que justificar esta desproporción del libro, pienso que no podemos olvidar que del encuentro entre los nativos del “Nuevo Mundo” y los españoles no surgió una continuación del “Viejo Mundo”, sino algo totalmente nuevo que con el tiempo rompió el cordón umbilical, y que menos tuvo que ver con lo que se perdió del mundo precolombino que con la poderosa historia preservada por la voz oficial del conquistador.

Aún faltaba tiempo para esa ruptura y mientras tanto la virgen traída desde la península y el toro que vino en las bodegas de los barcos encontraron un asidero en las primeras poblaciones fundadas en Tierra Firma que iniciaron una historia doméstica. La virgen de Guadalupe ocupó el sitio de la diosa Coatlicue y el resto del continente, quizás siguiendo este ejemplo, llamó en español cristiano a sus madres protectoras: la Virgen del Valle (Colombia), la Virgen del Cobre (Cuba), la Virgen de Coromoto (Venezuela). La fiesta brava, por su parte, construyó sus arenas monumentales y alimentó la reyerta del toro contra el hombre de tal manera, que en Venezuela por ejemplo, la Feria Internacional de San Sebastián (eminentemente taurina), en Táchira, llegó a ser de las más importantes en el mundo de habla castellana.

Pero el vínculo con España era apenas una delicada red de artificiosas instituciones. Tan virtual era este dominio en los primeros tiempos que a pesar de los importantes “negocios” que la corona tuvo con las tierras recién anexadas, Fuentes se ve obligado a volver a la península y desde allá ver cómo llegan los barcos cargados de oro mientras los monarcas españoles, durante sucesivos reinados, se disputan el poder con el resto de Europa.

El Siglo de Oro aparece en medio del turbulento escenario europeo, como para recordarnos el altísimo valor cultural que la nueva situación del mundo iba a legar a la humanidad. De esta época es nada más y nada menos que Don Quijote de La Mancha. Aunque en este capítulo el mundo americano desaparece de momento y nos toca conformarnos con disfrutar de la rica exposición de cuadros y literatura españoles de este altísimo momento del arte mundial. Lo que en España se produjo en ese momento era el resultado de lo que el mundo estaba viviendo y cómo se proyectaba en una generación de artistas que volvían sus ojos al mundo terrenal y olvidaban un poco el celestial.

Para cuando regresamos a América, las cosas han avanzado a su propio ritmo, pero ha quedado patente un rasgo definitivo de la historia subsecuente y el carácter de lo latinoamericano: el trasplante forzoso de todo lo que en el “Nuevo Mundo” germinó significaría para siempre un espíritu violento y caótico que ya nunca jamás halló acomodo. Es allí donde radica la ruptura que abrió la brecha insalvable entre España y sus supuestas colonias de ultra mar.

Tanto el aborigen que es arrancado de su sistema político, su religión y su ciudad, en fin de su cultura, para sujetarlo a la ciudad española y al cuartel improvisados en las tierras conquistas y el africano traído como animal para los trabajos forzados mantendrán una actitud ajena y siempre se sentirán extraños a ese mundo que les tortura y somete.

El propio español que vino desarrolló una conciencia diferente y vio a la península y ella a él con otros ojos. El profesor Rubén Darío Jaimes, en una de sus clases de Literatura Latinoamericana, especialmente del Caribe, refería en cierta ocasión una anécdota muy ilustrativa de esta idea. No recuerdo los protagonistas o si mi memoria de la anécdota es exacta, pero lo importante es el planteamiento: Un latinoamericano en España a modo de guasa le dice a un español: “Tu abuelo que fue a América a saquear y a violar” y éste le responde: “Mi abuelo no, el tuyo, porque el mío no salió de aquí”. De muchas maneras, el español que se embarcó en la aventura de la conquista y colonización no podía regresar a España siendo el mismo. Debía enfrentar los fantasmas que Europa alimentó en su conciencia de una supuesta tierra de utopías con la tragedia de la esclavitud y las ambiciones de las riquezas desmedidas.

El español “exiliado”, el aborigen conquistado y el negro raptado se encontraron de pronto en un paraíso extraño que promovía una confusión de identidad, difícilmente “aclarable” por las leyes de uno, de otro o de “unotro”. Fuentes se plantea las preguntas posibles de ese momento identitario:
¿Cuál era nuestro lugar en el mundo? ¿A quién le debíamos lealtad? ¿A nuestros padres europeos? ¿A nuestras madres quechuas, mayas, aztecas o chibchas? ¿A quién deberíamos dirigir ahora nuestras oraciones? ¿A los dioses antiguos o a los nuevos? ¿Qué idioma íbamos a hablar, el de los conquistados, o el de los conquistadores? (pág. 206)

Y es de esta crisis de identidad donde surge el mestizaje, lo verdaderamente latinoamericano, lo verdaderamente nuevo. Fuentes lo define con una idea europea: el barroco, y su explicación es satisfactoria, aunque la idea en que se apoya para rematar sus afirmaciones satisface más por la amplitud que por la justicia de la comparación:
Más allá del mundo del imperio, el oro y el poder; más allá de las guerras entre religiones y dinastías, un valiente mundo nuevo [¿Brave New World?] se estaba formando en las Américas, con manos y voces americanas. Una nueva sociedad, una nueva fe, con su lenguaje propio, sus propias costumbres, sus propias necesidades (pág. 207).

Donde se construía una iglesia católica, el arquitecto mestizo ponía un símbolo aborigen. En las liturgias de la Semana Santa, los yorubas introducían sus cánticos y rituales. Al plato de comida español se le agregaba el maíz. El sincretismo espontáneo (y necesario) cobró una vigencia cada vez mayor en la descendencia. Aborigen, negro y español siguieron guardando un espíritu de extrañamiento y quizás nunca lo abandonaron. Las rebeliones de esclavos fueron pan de cada día y siempre tenían el proyecto de una nación africana. La primera junta patriótica de Caracas se organiza en defensa de los Derechos de Fernando VII. Es el mestizo, originario de estas tierras y producto de un proceso histórico que para él constituye su génesis, el que empieza a apoderarse de la noción de un mundo propio.

Este capítulo del libro titulado “El Barroco del Nuevo Mundo” es particularmente especial en este sentido. No parece gratuito que esté ubicado en pleno centro del libro (es el IX de XVIII capítulos) y tampoco parece inocente que recoja hasta ese momento los aspectos resaltantes de toda la exposición precedente y sirva de pórtico al largo proceso de la independencia americana. Por supuesto que Fuentes regresa a España un capítulo más antes de centrarse en las guerras de las colonias contra el imperio, pero es una estación necesaria para explicar los aspectos que justificaron y precipitaron la ruptura política definitiva entre ambas orillas.

Desde esa ruptura hasta el siglo XX como etapa histórica de la Latinoamérica constituida hay un profundo análisis de los personajes y procesos que reunieron en poco más de 150 años todo el largo devenir que a otros continentes o naciones les llevo más de cuatro siglos. Simón Bolívar y José de San Martín como impulsores de la independencia sureña y la larga lista de tiranos que durante el siglo XIX gobernaron las nacientes repúblicas protagonizan el turbulento suceder de gobiernos y ensayos democráticos que no dan un resultado esperanzador hasta bien entrado el siglo pasado.

Pero estás esperanzas demoraron muy poco o no pasaron de ser eso. El capítulo XVI, “Latinoamérica” no logra por momentos desligarse de la poderosa influencia que tuvo la política en un sistema cultural que una vez más recibía el ataque económico de potencias extranjeras. Poco o nada puede decirse de los aspectos culturales que se mantenían o desarrollaban bajo los terribles conflictos de una democracia mercantil, salvo que el espíritu cimarrón del latinoamericano abrazó las banderas de la revolución como única salida posible.

Polarizado el mundo en dos grandes centros, EE. UU. y la URSS, Latinoamérica se debatía entre las contradicciones que durante toda su historia habían encerrado sus posibilidades: riquezas naturales contra el saqueo de regímenes foráneos. Con lo que no puedo estar de acuerdo, siempre como conclusión de la lectura, es que, según Fuentes, esa Latinoamérica sumida en estos problemas diacrónicos volviera los ojos a España para encontrar allí: “la playa europea del Nuevo Mundo” (pág. 356).

Muy difícilmente podía encontrar Latinoamérica en España esos rastros de un faro cultural, cuando la península venía de 50 años de dictadura fascista y su salida, aunque pomposamente celebrada como democrática, fue precisamente la monarquía. Latinoamérica había roto con el Imperio español esperanzada en un modelo republicano que le permitiera por fin acceder a la modernidad. No es lógico que encontrara en la corona del rey Juan Carlos algún rastro de esa democracia anhelada, ni siquiera por el hecho de que el Rey allanara el camino para la realización de elecciones libres. El proceso político que viven casi todos los países latinoamericanos y la propia España es prueba de ello.

De hecho, el capítulo XVII, “La España contemporánea”, es una exposición en la que Fuente no puede mostrarnos un nexo real entre la antigua monarquía y sus actuales descendientes coloniales. Menciona a Rubén Darío en un momento en que su admiración por la cultura española le hace olvidar que el poeta nicaragüense escribe en medio de los estertores de una época gloriosa, a casi un siglo de distancia.

Lo que si encuentro acertado es el último capítulo dedicado a la presencia de lo hispanoamericano en Norteamérica.

Si bien el éxodo en busca de oportunidades ha esparcido al latino a todos los rincones del mundo (caso especial el de España) es en los EE. UU. donde ha calado con mayor intensidad. Luego de la larga lucha de la revolución contra la influencia del consumismo estadounidense parece ser esta cultura la que tiene más que temerle a la presencia del latino. El Otro para el latinoamericano en estos momentos, no es el europeo, es su vecino del Norte. Y allí justamente se libra la disputa más seria por el dominio cultural.

Durante la gran migración europea de mediados del siglo XIX y luego durante las guerras mundiales, EE. UU. recibió un número gigantesco de nuevas nacionalidad, lenguas y culturas. Pero, palió los efectos sobre la vida doméstica con un proceso, quizás controlado, quizás espontáneo, en el que las nacionalidades recién llegadas se organizaron en guetos. Territorios exclusivos para sus compatriotas, en los que hasta el idioma se cuidó de toda contaminación; se habla en sus lenguas, se profesa su religión, se mantiene su vestido.

La cultura latinoamericana, compleja, vasta, llegó después e inmediatamente supuso un desajuste. El “Norte” llegó a un acuerdo con las comunidades negras, italianas, judías, árabes, chinas, casi siempre restrictivo, de participación social, de convivencia aséptica y de diferenciación racial. Los latinos en cambio no entendieron estas restricciones. Su número creciente, su naturaleza mestiza y su capacidad para adaptar a su propio código los elementos de otras culturas han logrado que la cultura latinoamericana cobre una presencia activa entre los sectores políticos y culturales estadounidenses. Un ejemplo de ello, es por ejemplo la campaña a favor del voto latino que deben hacer los candidatos presidenciales en EE. UU. no ya como una opción, sino como una necesidad aritmética. El desplazamiento del inglés por el español como la segunda lengua más hablada en el mundo, es también muy ilustrativo de este fenómeno.

El último apartado del libro, “El espejo desenterrado”, vuelve sobre la metáfora propuesta en la introducción del libro: la herramienta capaz de enseñar a Latinoamérica un rostro propio en medio de la crisis política, económica y social que distorsiona la gran riqueza cultural del continente.

Fuentes ve con optimismo el futuro del continente en virtud de que éste “se transforma y se mueve, creativamente, mediante la evolución o revolución, mediante elecciones y movimientos de masas, porque sus hombres y mujeres están cambiando y moviéndose” (pág. 387). Ese es un hecho que no necesita comprobación. La era de información inmediata que vivimos hace más patente la capacidad del latinoamericano para enfrentar estos cambios con éxito a pesar de las advertencias sobre las limitaciones económicas de la mayoría de la población. Y este es el rasgo fundamental del que hablábamos dos párrafos más arriba y el cual deben “temer” los vecinos culturales de Latinoamérica.

El espejo enterrado de Fuentes termina como empieza, situándonos en la mañana en que Colón vio tierras americanas por primera vez y de la desbordante cultura que se originó a partir de ese día, entre cambios e intercambios. Cierra el libro al igual que la introducción insistiendo en la naturaleza simbólica del espejo, que al mismo tiempo que refleja la realidad es un proyecto de la imaginación. Aunque la hace en forma de pregunta, no entiendo muy bien la sugerencia. Intuyo que debe ser algo así como que el reflejo que proyecta el espejo somos nosotros tal cual somos y también al revés. Complicada idea que quizás nos dé pistas sobre Latinoamérica, ese paraíso terrenal, la fuente de la eterna juventud y el rincón del mundo en el que espera la posibilidad absoluta; un carnaval eterno de las formas, en el que se sufren las alegrías y la muerte se festeja. 

martes, 15 de mayo de 2012

SE AUSENTA OTRO GRANDE: CARLOS FUENTES HA MUERTO



(Foto: milenio.com)

Después de muchos meses de injustificado silencio, el GILAC actualiza este espacio que compartimos con nuestros estimados lectores con una noticia lamentable e inesperada: Carlos Fuentes ha muerto.
Creemos que no hay eufemismos posibles para matizar la desaparición física de un gran representante de las letras castellanas y mundiales. Sólo el silencio más sobrio puede reflejar la profunda pena que nos embarga. Al igual que con Ernesto Sabato y Mario Benedetti (dos de las más sentidas y recientes ausencias) en el GILAC quisiéramos unirnos al duelo que embarga a toda la comunidad literaria de Latinoamérica y el mundo. Por ello, suscribimos las oportunas palabras de la presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) de México, Consuelo Sáizar: "Su ausencia sacude a la patria de la ñ. Gracias por sus letras y su pensamiento. ¡Adiós, Maestro!"

lunes, 31 de octubre de 2011

LA HISTORIA DESDE EL CAPRICHO
O LOS CAPRICHOS DE LA HISTORIA.
Rubén Darío Jaimes (2011).

Fondo Editorial Ipasme



El profesor Rubén Darío Jaimes (Universidad Simón Bolívar) hace un buen tiempo que viene estudiando la literatura del Caribe, especialmente en los marcos de su cultura, el imaginario social y su identificación como pueblo. La historia desde el capricho o los caprichos de la historia es una exploración de este tópico en el caso particular de Puerto Rico, un análisis del fenómeno literario que empezó hace algunas décadas, el cual combina historia y ficción en busca de rescatar a través de la imaginación un pasado oculto por el silencio de la historiografía oficial, tomando como ejemplo paradigmático la obra del prolífico escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá.
El primer capítulo del libro es un acercamiento a la historia de Puerto Rico, como estrategia para familiarizar al lector con el área de estudio. Cabe destacar que esta aproximación no es simplemente un recuento de los acontecimientos más importantes, sino un análisis de los factores económicos, políticos y sociales que prefiguraron a Puerto Rico como país y que desembocan en su presente situación política y cultural.
Las complejas relaciones de poder entre amos y esclavos en el sistema de plantación, así como la tensión social entre las clases blancas y la descendencia mulata que poco a poco cobró fuerza como estamento social sirven de eje al profesor Jaimes para marcar un punto de partida sociológico para interpretar las factores fundacionales de la cultura popular puertorriqueña y su identidad como colectivo.
Del mismo modo, hay una oportuna mención a los registros que sirvieron para representar este complejo proceso histórico, resaltando tanto las crónicas y la pintura como los diarios y la propia literatura, con lo cual se dibuja un amplio espectro de perspectivas que al final se combinan para dar forma a dos historias paralelas, una oficial y hegemónica, la otra popular y cimarrona, que sirven de punto de partida e inspiración a la obra de Rodríguez Juliá.
Presentados estos elementos, el profesor Jaimes nos adentra en tres novelas de Rodríguez Juliá que permiten ver las claves de su escritura y la importancia que cobran en el proceso literario y cultural de la isla caribeña. Se trata de un estudio concienzudo en el cual el profesor Jaimes rastrea las causas y características de un síntoma presente en gran parte de las Antillas: la necesidad de reescribir, a través de la ficción, una historia nacional negada por las voces oficiales.
A partir de los enfoques desarrollados por reconocidos investigadores, tales como María Julia Daroqui, Antonio Benítez Rojo, Néstor García Canclini, Seymour Menton o el propio Mijaíl Bajtín, La historia desde el capricho… se estructura desde la óptica de los estudios culturales para revelar ante nosotros el uso por parte de Rodríguez Juliá de estrategias narrativas que abarcan registros sociales y artísticos: la heteroglosia y la carnavalización, verbigracia, en su propósito de rescatar voces silenciadas, pero que en realidad siguen poblando el rico imaginario de la cultura caribeña contemporánea.
Este recorrido por la obra de Rodríguez Juliá conlleva al análisis obligatorio de la crónica como hipertexto de la historia ficcional de las novelas estudiadas. Se trata sin duda de uno de los aspectos más interesantes, tanto de las novelas como del libro aquí reseñado. El autor puertorriqueño aprovecha la naturaleza creativa de la crónica de Indias para insertar en el espacio vacío de la historia oficial su propia versión, mimetizando el discurso con el de los propios cronistas de la corona. Por ello, La renuncia del héroe Baltasar (1974), La noche oscura del niño Avilés (1984) y El camino de Yyaloide (1994) escriben una nueva historia vieja valiéndose de los mismos recursos con los que contaron los escritores reales del siglo XVIII: el deber de registrar los acontecimientos valiosos para la “historia” y la autoridad para presentarlos como fidedignos.
La conclusión del profesor Jaimes es que las obras de Rodríguez Juliá se inscriben en lo que Seymour Menton catalogó como la Nueva Novela Histórica, pero agrega además −entre líneas− que la intención del escritor puertorriqueño, al igual que otros autores de su generación y estilo, supera la propia intención de reescribir la historia oficial o desenmarcarla para plantearse como objetivo artístico la escritura original de la historia no contada, llegando para ello hasta una memoria mítica que aún pervive en las raíces culturales del cimarrón que es Puerto Rico.
Como todos los escritos del profesor Rubén Darío Jaimes, La historia desde el capricho… se presenta bajo un discurso ameno y accesible, bien estructurado y adecuado para el debate. Es un acierto del Fondo Editorial Ipasme presentarlo como parte de su colección “Pensamiento crítico/Luis Beltrán Prieto”, ya que más que ser un análisis literario este libro se plantea como estudio artístico y sociológico del riquísimo espacio cultural que es el Caribe, en el que el proceso de autodescubrimiento se erige hoy más que nunca como una necesidad vital de sus pueblos.


Bernardo Navarro

sábado, 30 de julio de 2011

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE GUADALAJARA



[TODA LA INFORMACIÓN DISPONIBLE EN: http://www.fil.com.mx/]

XXXIV Simposio de docentes e investigadores de la literatura venezolana

Objetivo

Crear un espacio de reflexión y diálogo que permita conocer los avances y las perspectivas de la investigación y la docencia universitarias respecto a la enseñanza y la creación literaria en Venezuela. Por ello, se proponen algunos temas problemáticos a partir de los cuales se organizan las conferencias centrales, las mesas de trabajo y la presentación de las ponencias.

Objetivos específicos

1. Explorar los vínculos existentes entre la docencia y la investigación con el acto de la creación literaria y de su evolución histórica de modo que se manifieste el estado actual y la marcha del trabajo de investigadores, profesores, estudiantes y lectores en el país.

2. Establecer vínculos académicos e investigativos en torno a la creación literaria nacional e internacional con grupos, universidades, o investigadores independientes.

3. Ampliar las perspectivas teóricas en torno a los procesos de creación que vinculan la historia y la literatura. 4. Difundir las investigaciones y metodologías en literatura venezolana y propiciar la interacción entre los profesores e investigadores de la literatura venezolana.

El Simposio

El Primer Simposio de Docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana se celebró en la Casa de Bello, en Caracas, en 1975, con el auspicio del Instituto Pedagógico de Caracas. Pedro Díaz Seijas, Igor Delgado Senior, Iraset Páez Urdaneta, Salvador Tenreiro, entre otros nombres, disertaron sobre autores venezolanos como Meneses, Enrique Bernardo Núñez, y latinoamericanos como Rulfo, Cortázar, Carlos Fuentes.

Han sido 33 ediciones a lo largo de todos estos años, contando desde esa primera vez; pese a no haberse celebrado, en unas ocasiones, muy pocas realmente, el Simposio de Docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana ha tenido una continuidad de la que no gozan muchos congresos en Venezuela.

El Simposio ha recorrido el país, geográficamente (se ha celebrado en varias ciudades: Mérida, Maracaibo, Cumaná, Coro) y literariamente: los géneros y subgéneros, las más variadas temáticas, y una amplísima diversidad de autores, han sido abordados en las ponencias y conferencias dictados por especialistas.

Todas estas ocasiones, vale decir, todos estos encuentros, se han configurado alrededor de una idea que fuera recogida en las consideraciones previas a las recomendaciones específicas emanadas en ocasión del primer encuentro:

Entendemos la literatura nacional como parte importante del patrimonio cultural e inalienable de un pueblo…

Así, pues, no se trata solamente de un encuentro de especialistas y para especialistas en literatura, aunque los que diserten hablen con conocimiento de causa. Se trata, más bien, de un espacio en el que la literatura se entiende como lo que es: parte integrante de una tradición cultural. Además de lo cual, se debe señalar que otras manifestaciones se hacen también presentes durante el desarrollo de esta fiesta de la palabra.

Arribamos a la trigésimo cuarta edición, en este año 2011. El Simposio de Docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana llega por primera vez al estado Yaracuy y es la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy la institución a la que le corresponde tomar el testigo de esta larga trayectoria. Ocasión ésta que será propicia para rendir un homenaje al poeta Manuel Rodríguez Cárdenas, poeta de la negritud y del pueblo, quien está próximo a su centenario.

Convocatoria

16, 17 y 18 de noviembre de 2011

Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY)

San Felipe. Estado Yaracuy. Venezuela

Con la participación de los conferencistas Gustavo Luis Carrera, Edgar Colmenares del Valle, Freddy Castillo Castellanos y Cruz Ramón Galíndez.

Primera convocatoria:

Entre el 16 y el 18 de noviembre de 2011 se realizará el XXXIV Simposio de Docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana, auspiciado por la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy (UNEY).

A los fines de la realización del evento, se invita a docentes, investigadores y estudiantes de pre y postgrado interesados en la literatura venezolana a proponer ponencias, mesas de trabajo o cualquier otra actividad que consideren pertinente, en las siguientes líneas de investigación:

La literatura venezolana y su dimensión histórica: Cronistas: primeras señales. Siglo XVIII: fundamentos literarios. Siglo XIX: eclosión, ruta hacia lo nacional. Fundaciones y refundaciones: imágenes y derivas de lo nacional.

Proyecciones hacia el siglo XXI: Perspectivas manifiestas. Prospectivas y señales de una(s) posibilidad(es). El Imaginario venezolano entre la realidad y la posibilidad.

Literatura y construcción de identidades: Tradición, oralidad e indigenismo. Unidad y diversidad cultural. Incertidumbre y arraigo, alteridades y semejanzas. Paisaje, cultura, gastronomía, turismo y otros temas inherentes.

Letras yaracuyanas: Autores y obras de la región. Yaracuy en la literatura. Procesos, grupos, movimientos. Fray Juan Antonio Navarrete, Gilberto Antolínez, Rafael Clemente Arráiz, Pálmenes Yarza, Juan Ángel Mogollón, José Parra, Rafael Zárraga, entre otros.

Lenguaje, escritura y enseñanza: Lingüística y creación literaria. Aplicaciones docentes. Docencia e investigación de la literatura, experiencias y problemas en el área.

La novela política en Venezuela: Caracterización del subgénero. Proceso evolutivo. Autores y obras.

Arte, diseño y literatura en Venezuela: su relación teórica e histórica. Confluencias y diversificaciones. Medios audiovisuales y literatura: vínculos, adaptaciones, préstamos.

El destino de la literatura frente a la cibercultura: ¿Anulación, supervivencia o complementación? Crisis o ampliación y nuevo desarrollo. Impactos formales y temáticos.

Andrés Bello y la literatura venezolana e hispanoamericana del siglo XIX: Los estudios bellistas de Oscar Sambrano Urdaneta. Relecturas de Bello.

La fecha límite para el envío de resúmenes, así como para las propuestas de mesas de trabajo, se vencerá el 30 de septiembre de 2011.

[Más información: http://www.uney.edu.ve/simposio/principal.html]

miércoles, 11 de mayo de 2011

LAS MUJERES DE CERVANTES, DEL QUIJOTE, DE HOY

(Las dos Dulcineas)

Son muchas las apreciaciones que acerca de la mujer se han hecho dentro de los estudios literarios. Muchas obras clásicas han plasmado en sus páginas estereotipos de mujeres que deslindan entre el bien y el mal, lo moral y lo inmoral, lo idealizado, lo escatológico y terrenal.

Tales adjetivaciones se presentan de manera muy diversa en la siempre inagotable Don Quijote de la Mancha, pues Cervantes nos muestra todo un repertorio de personajes femeninos que representan las diversas concepciones de la mujer de la época renacentista. Por tanto, la intención de estas palabras es hacer una reflexión general, sin pretensiones tajantes de agotar el tema, acerca de algunos personajes femeninos presentes en la obra como la eterna Dulcinea, Maritornes, Marcela, Aldonza Lorenzo… quienes reflejan el sentir y hacer de las mujeres de esa época, y por qué no, de la actual. En ello radica justamente la inmortalidad de esta obra: en su eterna vigencia. Esas mujeres analfabetas, incultas, prostituidas por la pobreza, afeadas por las calamidades y los infortunios, pero también cultas, independientes, castas… continúan siendo, en muchos sentidos, los tipos de mujer de nuestra era.

Comencemos hablando de Dulcinea del Toboso, la ideal, la amada de Don Quijote en contraste con Aldonza Lorenzo, la real, la campesina, la imperfecta. Es innegable la intención de esta dualidad representada en una sola mujer. Estaría de más caer en detalles innecesarios en cuanto a la representación de las mismas en el ideal caballeresco parodiado. La primera, por supuesto, representativa de una mujer etérea, inexistente, puesto que sus cualidades tanto físicas como morales distan de la realidad tangible; por su parte, Aldonza Lorenzo, la mujer común de los pueblos españoles, analfabeta, maloliente por el arduo trabajo tanto en las labores del hogar como del campo. Dos mujeres en una: dos visiones del mundo distintas, la primera sucumbe en la segunda, la realidad del español ha cambiado, por tanto, no hay posibilidades quiméricas en cuanto a la visión de una Dulcinea: ésta se diluye, pues no tiene cabida en esa realidad.

Don Quijote describe a Dulcinea cuando Vivaldo, para seguirle el juego al notar su desvarío, le pregunta por su amada, a lo que éste contesta:

Su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso: un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabello son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos azules, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve… (p. 81)

Por su parte, Aldonza Lorenzo, es descrita por Sancho Panza, cuando Don Quijote le confiesa quién es verdaderamente su amada Dulcinea. Sancho, sorprendido, le contesta lo siguiente:

- ¡Ta, ta! –dijo Sancho-. ¿Qué la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?

- Ésa es –dijo don Quijote-, y es la que merece ser señora de todo el Universo.

- Bien la conozco –dijo Sancho- y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora! ¡Oh, hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! (…) Y lo mejor que tienes es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana (…) Ahora digo, señor Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con justo título puede desesperarse y ahorcarse (…) Y querría ya verme en camino, sólo por vella; que ha muchos días que no la veo, y debe de estar ya trocada; porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. (p. 173)

Sin embargo, y pese a la forma burlona y jocosa con que Sancho describe a Aldonza, éste reconoce que es digna de ser admirada tanto por su fuerza como por su atractivo, y justifica que su mal estado es causa del fuerte trabajo que acarrea las labores de campo. Es significativo como Cervantes intenta reivindicar la figura de Aldonza con las palabras de Sancho, pero a su vez, se percibe un dejo de decepción, como resistiéndose a aceptarla.

Por otra parte, la historia entre la pastora Marcela y Grisóstomo es pertinente mencionarla en cuanto a la otra mirada femenina que nos muestra. Cervantes pone en boca de los personajes que se hacen presentes en este capítulo una desazón y rechazo hacia Marcela por haber desdeñado los requerimientos amorosos de Grisóstomo, quien se suicida por amor. Incluso, uno de los personajes, Vivaldo, sugiere a Ambrosio, amigo del pastor, que no queme sus escritos para que así perdure en los mismos la maldad de esta mujer. Hasta esta parte del relato el lector se siente inclinado hacia el pastor suicida, puesto que es descrito como un ser moral y físicamente hermoso.

Sin embargo, cuando Marcela hace su aparición, luego de ser leído el poema que escribe Grisóstomo antes de morir, la inclinación cambia, ya que ésta increpa a los asistentes, entre ellos Don Quijote, y se defiende con un discurso de tal carga feminista, que podría decirse que es una de las primeras manifestaciones escritas en defensa de la mujer dentro de la lengua castellana, y que resarce la connotación misógina que se le pueda atribuir a Cervantes, por la construcción de otros personajes femeninos como las mozas de las ventas, la misma Aldonza Lorenzo, entre otras.

Amonesta Marcela a los presentes en el entierro de la siguiente forma:

Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama (p. 88)

Es clara la relación intrínseca entre el concepto de belleza y la moralidad del sujeto en este fragmento.

En el siguiente nos revela su condición de mujer libre y su total inocencia ante la muerte del pastor:

Y así como la víbora no merece ser juzgada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reheprendida por ser hermosa…Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos…A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras…Quéjese el engañado; desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas; confiese el que yo llamare; ufánase el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquél a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito (p.89)

Por otra parte, vuelve su “yo” a hacerse emergente, reafirmando su decisión de ser mujer sola, sin necesidad de compañía y sus pocas ganas de hacer vida marital:

Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a ése, ni solicito a áquel, ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro. (p.90)

Tal cual Artemisa se nos presenta Marcela: pastora, hermosa, virginal, con ansias de soledad, independiente… Por supuesto, una figura femenina transgresora, quien desde su Yo, desmonta la imagen de la mujer en cuanto a los roles sociales se refiere.

Vemos cómo Cervantes la ensalza, la sustrae de los alegatos masculinos infundados por la mirada patriarcal y, tal cual diosa virginal, aparece derrochando inteligencia y desaparece igual de triunfante y laureada. Sin embargo, he de destacar que para la visión de la sociedad renacentista una mujer como Marcela sólo podía ser valorada desde una perspectiva divina, como una deidad, incluso, la forma en que hace su aparición en el entierro, desde lo alto de la colina, le da esa aura de beatitud y dignidad solo posible en un ser supremo: hermosa, sabia, poderosa, casta… Si se detalla con detenimiento, sólo estas cualidades reunidas en una mujer podrían justificar la independencia económica y el libre albedrío de la misma. Sin embargo, la misma Marcela alega que la única opción que tuvo para vivir a sus anchas fue la de internarse en la soledad de las praderas. Situación que recuerda muy cercanamente a nuestra Sor Juana Inés de la Cruz, quien tuvo que ingresar al convento para huir del matrimonio y de las obligaciones propias de una mujer, y así lograr tiempo para el estudio y la reflexión.

Pareciera deducirse que para Cervantes y la Europa de la época el concepto de bondad iba muy ligado al de la belleza física o, en otras palabras, el buen portar de una dama iba en constraste con su aspecto físico y su posición social. Y quien mejor para ejemplificar este comentario que el personaje Maritornes, moza de la venta a la cual llega Don Quijote y que éste pensaba era un castillo. Desde las primeras páginas del capítulo la describen así:

Servía en la venta asimismo una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana… no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera (p.97)

Notamos claramente que es la descripción física de una mujer nada agraciada y que dista de ser comparada con lo que el autor señala de Marcela. Líneas más adelante, esta moza penetra en el aposento donde descansaban Don Quijote, Sancho y un arriero, y con este último aquella había concertado verse, pero entre la penumbra, la fugitiva va a parar a los brazos de Don Quijote, quien en su desvarío piensa que es una hermosa doncella. Al respecto dice Cervantes de este ocurrente escenario: “Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura” (p. 100)

La descripción física de Maritornes, nada agraciada evidentemente, corresponde a una determinada actitud moral: el deseo carnal ilícito. El autor afea la imagen de este personaje, hasta manifiesta de forma abyecta su aseo personal, lo que produce que el lector, pese a la jocosidad de la situación, se proyecte una concepción del personaje poco simpática; a diferencia de Marcela, quien es admirada por el lector tanto por su belleza física como por su prudencia y sabiduría.

Finalmente, Aldonzas malolientes y rústicas; Dulcineas siliconadas y forjadas por las manos del bisturí y de los celuloides; Maritornes poco escrupulosas, deslucidas, cegadas por la pasión, pero de gran corazón; Marcelas independientes, con ansias de libertad, forjadoras de su propia voz, solas o acompañadas, hermosas o poco agraciadas… a todas nos las topamos día a día, de todas tenemos algo en común, en todas ellas logramos mirarnos y reconocernos.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Cervantes, Miguel (2000). El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Santafé de Bogotá: Panamericana Editorial. Tercera edición.